lunes, 9 de enero de 2012

La muerte del teatro.




Si usted, viajero en el tiempo, acude a una representación teatral en la Atenas del siglo V a.C., es probable que le aguarden grandes sorpresas. Acaba de salir el sol, y se van a representar cuatro obras seguidas durante la mañana, como es costumbre. El público se agolpa en la entrada. 

Ha tenido suerte; no es fácil conseguir una entrada. El teatro es una manifestación fundamental del orgullo griego, y acudir es un símbolo de estatus, de identidad, que se demuestra por del hecho de que los asientos principales están reservados a embajadores, magistrados, sacerdotes y demás miembros de la clase dirigente. También a los huérfanos de los muertos en batalla. Pero desde la época de Pericles el teatro está subvencionado; pertenece a la ciudad por entero. A todos incumbe. Toda la ciudad participa.

De todos modos, si bien los griegos le han dado nombre (la palabra "theatrón" significa 'lugar para contemplar') y han aportado algunos de sus autores más sobresalientes, no han sido sus inventores. Mil años antes, en Egipto, se representaban historias mitológicas, como la de Osiris, utilizando máscaras. Además, aunque no hagamos referencia alguna, existe una tradición teatral en oriente, muy especialmente en Japón, que merecería un artículo entero. También hay una tradición teatral maya (con obras como "el baile de los gigantes" o "Rabinal achi") e inca ("ollantay"). Creía conveniente al menos hacer mención a estas manifestaciones culturales ajenas a occidente, porque, a menudo, parece que toda historia se circunscribe a Europa y su entorno cultural. Y no es así.



Las máscaras son siempre importantes en la antigüedad. En Grecia, los actores representan un personaje llevando la máscara de un anciano, un joven o una mujer, con semblantes tristes o alegres. En todo lo alto, una gran peluca remata el efecto y le confiere más fuerza a la máscara, que está recién pintada con vivos colores. Puede que usted tuviera una idea más sobria del clasicismo griego, pero observe el Partenón: no es un edificio de mármol blanco. Está pintado con colores vivos: rojo, azul, dorado... Tiene un cierto aire "kirsch", ¿cierto?

Pero no puede apartar la mirada de las máscaras: no me extraña, son enormes, desproporcionadas. De esta manera, resultan perfectamente visibles para el público que ocupa las últimas filas. Al fin y  al cabo, el aforo es de unos 15.000 espectadores. Su gran tamaño, y su estudiado diseño cumplen otra función: hacen de megáfono; amplifican el volumen de la voz. De hecho, hay autores que defienden que la palabra "persona" procede de esas máscaras que se utilizaban "para sonar" ("per sonare"). Un mismo actor podía interpretar a más de un personaje (podía ser más de una "persona"); bastaba con que se cambiara de máscara. Para guardar las proporciones, los actores calzaban los "coturnos": zapatos con grandes alzas que los convertían en gigantes. Se rellenaban las vestimentas con almohadones para aumentar su volumen. 

Los actores, sobre todo de tragedias, eran personas de prestigio en la sociedad griega. Cuidaban de sus preciosas máscaras como si de un tesoro se tratara, y se requería su presencia a lo largo de todo el mundo heleno. Una polis griega tenía siempre un ágora y un teatro.



Han terminado las cuatro obras de la mañana. Afortunadamente, no suelen ser demasiado largas. Es hora de descansar y comer. Por la tarde aguarda una única obra: una comedia. A los griegos les gusta acabar la jornada con risas. El espectáculo cambia, el ambiente es más relajado, y los autores e intérpretes se muestran audaces. Un actor incluso sale del escenario y se dirige personalmente a un dirigente sentado entre el público. Nadie escapa de la sátira, y autores y actores disponen de inmunidad. En una democracia, cualquiera puede ser ridiculizado en público. A menudo, las mayores y más duras acusaciones se revisten con el alegre manto de la comedia. Se ridiculiza a gente muy conocida, como a Sócrates, el filósofo. El público ríe a carcajadas.



Esta libertad, síntoma de salud democrática, será una excepción en la historia del teatro (en la historia del mundo), como veremos al hablar del autor francés Moliere.

Años más tarde, ya en Roma, se respira otro ambiente, y acudir al teatro debía ser divertido para el público y un auténtico suplicio para autores e intérpretes. Plauto, un autor romano, se ve obligado a ofrecer algunas recomendaciones sobre cómo comportarse en el teatro. Con buen tino, comienza por el hecho, fundamental, de acudir con el estómago lleno.

"Los que han comido han procedido con talento (...) A decir verdad, cuando uno tiene en casa de qué vivir, no es de cuerdos venir al espectáculo sin haber antes cenado...
 

Para, posteriormente, ofrecer algunos consejos de carácter más general:



"ninguna joven de mundo se sentará en el proscenio;
 

los lictores no dirán ni una sola palabra, ni tampoco sus varas;
 

el ordenador no pasará por delante de nadie para acomodar a alguien mientras los actores estén en el escenario;


los que se han quedado durmiendo hasta las mil y una horas se resignaran a permanecer de pie, o que no duerman hasta tan tarde;


Las nodrizas deberán cuidar en casa a sus mamoncillos, en lugar de traerlos al espectáculo; es la mejor solución para no sentir sed ellas mismas, y para que sus criaturas no se mueran de hambre y no berreen aquí como cabritillos;


Las damas mirarán sin ruido, reirán sin ruido, moderando los estallidos de sus voces aflautadas. Dejen para más tarde su parloteo, no vayan a encolerizar también aquí a sus maridos como ya lo hacen en casa (sic)”



Solicita pues al público - y muy especialmente a la mujer - que se comporte con decoro y prudencia al subir el telón (un invento romano). Y es que son muchos los autores que expresan sus amargas quejas sobre el desorden, peleas y ruido entre el público, que a menudo impiden escuchar las obras. El espectáculo suele resultar más entretenido en la platea que en el escenario.



Era un mundo, el de la farándula, que se había devaluado bastante; los propios actores eran esclavos o libertos, agrupados en compañías (greges); es decir, no precisamente representantes de la clase alta. Durante el mandato de Tiberio el autor Tácito nos indica que:

“se votaron multitud de medidas sobre el salario de los actores y sobre la represión de los excesos de sus partidarios: se prohibió a los senadores que llevasen a sus casas pantomimas, que se las escoltase en la calle, o que se les permitiese actuar fuera del teatro. Se autorizó a los pretores a castigar con el exilio la conducta escandalosa de los espectadores... “




Como hemos dicho, los espectáculos teatrales en ocasiones derivan en comportamientos violentos. Sabemos incluso de enfrentamientos entre facciones del público, uno en concreto en el que varios soldados y un centurión murieron al querer imponer orden. En definitiva, poco queda de la sutileza del teatro griego.


Los autores malviven en su mayoría, dependiendo de unas pocas familias de empresarios que se dedican al mundo editorial, y sujetos a los caprichos de un público poco exigente, que requería obras que trataran temas actuales de una manera sencilla y, a menudo, soez. Trabajan a destajo y, salvo contadas excepciones, no se hacen ricos con su oficio de escritores.

Vaya; más o menos como ahora.

La época dorada griega de respeto, prestigio e influencia social desaparecerá para siempre.

Durante el mandato del emperador Nerón, la aristocracia se verá obligada a acudir a un arte que entusiasma al sátrapa. Los propios nobles acabarán subiendo al escenario. Nerón ofrece espectáculos crueles, con torturas y muertes reales. En ocasiones, de incógnito, el propio emperador propicia una bronca entre el público. Pero este ¿renacer? del teatro morirá con el tirano, y se irá apagando en el siglo II de nuestra era, para morir en el V.

Hará falta esperar casi mil trescientos años para que el teatro renazca en Occidente, de la mano de unos autores insuperable.





A finales del XVI y, sobre todo, el siglo XVII, el teatro, en efecto, vuelve a la vida. En España vivimos un siglo de oro, con autores como Cervantes, Calderón de la Barca y, muy especialmente, el increíble Lope de Vega.

Lo de Lope es digno de estudio; Cervantes lo definió como "monstruo de la naturaleza". Mantuvo a dos familias a la vez (lo cual era un escándalo), y tuvo varios hijos naturales (esto era más normal). En total tuvo más de 15 hijos reconocidos; escribió sus primeros versos a los cinco años y su primera obra a los 10.  Estrenó más de 1.800 obras teatrales, que se representaban en los "corrales de comedias", gestionadas por las hermandades. Creía que malgastaba su talento con tal arte, pero necesitaba el dinero. Escribía una obra completa en dos días, y trabajaba de secretario particular para cuatro nobles al mismo tiempo. Por cierto, una curiosidad: Lope de Vega se encuentra enterrado en la calle Cervantes de Madrid, y Cervantes en la calle Lope de Vega. Y es pura casualidad. 

En Europa, el autor más importante es, sin duda, Shakespeare. Cuando el autor inglés aparece, a finales del XVI, su obra atesora tal fuerza que cambia, de manera al principio imperceptible, la manera como se entiende el arte de la dramaturgia. Shakespeare dignifica un arte que llevaba abandonado muchos siglos.

Las primeras obras de Shakespeare debieron de representarse en los patios interiores de las posadas, en un ambiente de jolgorio y ruido francamente inadecuados. Pero el paulatino interés de la nobleza británica, su patrocinio, y el temor que manifestaban las autoridades locales por las reyertas y la poca higiene en tales locales, posibilitaron que en la época Isabelina se construyeran teatros a las afueras de la ciudad. Seguían pareciéndose a los patios de las tabernas, pero estaban mejor acondicionados, y ayudaron a prestigiar un tanto el oficio de actor y dramaturgo.



En Francia e Italia, al inicio del XVII, las obras se representan en salas largas y estrechas, mal alumbradas, con un escenario al fondo. En las paredes, dos pisos de galerías forman los palcos. Los actores descuidaban el vestuario, y acudían en masa ciudadanos de clase baja, que pagaban muy poco y aguantan toda la representación de pie. A menudo vociferan pidiendo asesinatos y acción en el escenario. Eran momentos de penuria: el empresario pagaba al autor una miseria, y le exigía lo que su público pedía: violencia y un lenguaje pobre y campechano. Los actores malviven como mendigos deambulantes.

Hacia el año 1630 las personas instruidas comienzan a frecuentar el teatro. Al principio, y con el fin de que no me mezclaran con la plebe, los caballeros disponían de asientos en el mismo escenario, detrás de los actores. Las señoras asistían al espectáculo resguardadas en los palcos. El patio, como antes, seguía repleto de gentes de pobre condición y de jóvenes sin recursos. Pero pronto surgiría un autor nuevo en Francia, una voz a la que merecerá la pena escuchar y que, al igual que Shakespeare, dignificará el oficio con el genio de su pluma: Moliere.



Molière se caracteriza por tener una visión despiadada y certera respecto a las contradicciones e hipocresías de su época: con valentía realiza una crítica a la condición que vive la mujer, del culto al dinero, de la necedad del médico o del paciente, o la estulticia del enamorado. Pero su obra más polémica es "El Tartufo", una crítica a la iglesia que fue prohibida durante 5 largos años. A la muerte del autor, en 1673, fue necesaria la intervención personal del rey, a instancias de la esposa de Moliere, para que se le concediera el derecho a descansar en tierra santa. El más grande de los dramaturgos franceses fue enterrado de noche, sin ceremonia y en la parte del cementerio reservada a los niños no bautizados.  En realidad, esta prohibición se explica no sólo por lo polémico de su obra; la iglesia consideraba inmoral la profesión de actor, y en general se les negaba el entierro en terreno sagrado.

Han pasado dos milenios desde el esplendor griego, y las cosas han cambiado bastante.

Por cierto, como anécdota curiosa, 350 años más tarde, en 1982, una de las principales Prelaturas católicas, el Opus Dei, pone reparos en su recensión de la obra "Tartufo", a la que considera precursora del relativismo moral que impera hoy en día. Afirma textualmente en su "valoración doctrinal" que:
 

"Los supuestos cartesianos de moral moderada y equilibradora de Molière son incompatibles con el exceso de fervor. La verdadera religiosidad queda, pues, mal parada, resultando injustamente sospechosa cualquier manifestación de verdadera piedad, en la idea de que, si nadie es perfecto, lo más indicado es portarse mediocre o conformistamente en equilibrio. Como decía Napoleón, tras admirar el arte de Molière, "Tartufo nos presenta la devoción con tintes odiosos" ... "no vacilo en afirmar que si la obra hubiera sido compuesta en mis tiempos, no habría permitido que se representara". La devoción religiosa queda, pues, indirectamente e injustamente lesionada, aunque Molière afirme que no era su intención hacerlo."

  




Dejémoslo claro: lo que esta Prelatura opina tiene como únicos destinatarios a sus miembros, y no alcanza a otros estamentos sociales; ni tan siquiera es una postura oficial de la iglesia católica. Por desgracia, en varios países regidos por gobiernos totalitarios sí perdura una censura activa y militante, que define cuáles libros resultan peligrosos, y prohíbe en consecuencia su venta y acceso público. Es lo contrario a Grecia: se queman libros y se callan voces en detrimento de la pluralidad, la libertad y la democracia. Los poderosos se protegen de la crítica por miedo.

En definitiva, el teatro se muere. Lo habrán oído decir. Lleva muriéndose 2.500 años. Tuvo que soportar la competencia de los juegos olímpicos, de las luchas de gladiadores o las carreras de caballos. Después se tuvo que enfrentar a la pujanza del cine o la televisión, a la desconfianza de los poderosos, o al desinterés de una masa social inculta y desatenta a todo lo que no fuera entretenimiento fácil y fugaz.

En consecuencia, una vez más, el teatro se muere; constantemente. Es bien sabido. Y auguro que seguirá muriéndose 2.500 años más. Mientras podamos representar textos de Sófocles, Shakespeare, Moliere, Goethe, Tennessee Williams, Ibsen, Pirandello o Lorca, su agonía será larga, posiblemente eterna; y nos sobrevivirá a todos. Mientras en épocas convulsas de crisis (como la revolución francesa o "el corralito" en Argentina) el público busque el contacto personal e íntimo con el intérprete, como válvula de escape, el teatro tendrá un lugar propio en nuestras ciudades, ganado a pulso con el paso de los siglos.



Estoy completamente seguro. Quedan muchos telones por subir. Muchos aplausos guardados. Pero cuidado: Blanca Portillo, actriz y ex-directora del Festival de Teatro clásico de Mérida (ciudad extremeña en la que se haya uno de los teatros romanos más bellos del mundo) acaba de decir que "la cultura es un bien social, no debería existir una cultura de izquierdas o de derechas. No puede servir como arma arrojadiza entre partidos. Es un espacio de libertad. Y ahora más que nunca soy consciente de que me interesan las personas, no los partidos". 

A la pregunta de qué necesita el teatro en estos momentos, a Blanca le sale un grito: "¡Libertad!, por encima de todo. Y espacios donde hacerse, y gente que le guste y le interese el teatro de verdad".



No se trata de volver a Grecia. Tampoco Atenas era ni mucho menos una democracia perfecta. Se trata, simplemente, de construir sociedades dignas y orgullosas de sí mismas. Sociedades justas y libres. Con prensa libre, libertad de cátedra, seguridad jurídica, en un entorno de orden y justicia social equitativa. 


Con voces en la noche que se expresen encima de un escenario.

Una vez más; las veces que haga falta: ¡con libertad!. 

Antonio Carrillo.

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