lunes, 21 de mayo de 2012

Diccionario del absurdo


Dedicado a mi hermana Patricia, que tiene una preciosa risa


Vamos a reírnos un poco, que buena falta hace.


Como es bien sabido, un "cazo" no es otra cosa que un "zuzezo".


Esta burda tergiversación del lenguaje nos adentra en el caleidoscópico mundo del absurdo, un universo paralelo ("paratonto" diríamos) en el que jugar con las palabras nos asoma a un abismo de risas y vértigo. Pocas cosas hay más serias que la palabra escrita; es algo bien sabido por notarios y funcionarios de policía. Por ello, precisamente, propongo hoy una pequeña revolución de pacotilla: levantar barricadas hechas de palabras imposibles.


Si ellos tienen la Balanza Comercial, nuestra es la risa.


Ganamos seguro.


Les propongo que aporten sus creaciones a este "Diccionario del absurdo".


No se lo tomen muy en serio. No es necesario que sean brillantes ni hilarantes. Sólo les pido que jueguen. Que agiten la cabeza sobre la mesa, recojan las palabras que caigan y las recompongan sin orden ni concierto.


Se sentirán mejor. Ya lo verán.



DICCIONARIO DE ABSURDO




Reptilíneo. Dícese de la distancia más corta entre dos dinosaurios.


Clónica. Dícese de la noticia repetida, palabra por palabra, en distintos foros de internet.


Decaído. Decamarchado. Decadesaparecido.


Informática. Asignatura de periodismo consistente en el arte de informar.


Hacienda. Finca rústica con vivienda muy extensa y en la que se recaudan tributos.


Filósofo. Persona, por lo general, muy leída, fea e inteligentísima.


Motosierra. Vehículo de dos ruedas exclusivo para terreno rústico y arbolado.


Barbados. Isla caribeña cuyos primeros pobladores eran, por supuesto, barbilampiños.


Paciente. Enfermo que espera 12 largas horas en urgencias.


Impuesto. Pago que realizamos encantados, sin que nos obliguen a ello.


Ayuno. Aydos, aytres..



Bictima. Persona agredida con un bolígrafo.

 


Contahabilidad. Departamento al que siempre le cuadran los números



Guante. Un poco más, que ya viene la ayuda.



Abstracto. Cuadro feo, incomprensible y muy caro



Gema. O no llegamos a puegto.



Calcomanía. Fobia al calco.



Amor. Roma, al revés.

 


Roma. Capital de Italia.


Sierra. Cacefrío.



Colibric. Pájaro diminuto y envasado.


Anfibiestro: Capaz de agarrar una rana con ambas manos.


Necorador: Diseñador de interiores que utiliza motivos marinos


Enematopeya: Imitación del sonido producido al introducir algo por el recto


Cazado: Hombre aprezado traz una boda



Crustafeo: Animal marino horrendo, aunque comestible.



Paleograjo: Estudioso de la escritura de las aves prehistóricas


Cubierto: Utensilio para comer siempre bajo techo




Camisario. Jefe policial que se caracteriza por su vestir formal



Taumatizado: Gravemente impresionado por la letra "tau" del alfabeto griego



Virgen: Para un padre, hija soltera.



Crédulo: Para hija soltera, padre.



Malvado. Pintado de color malva.



Senófobo. Que muestra desprecio hacia los pechos extranjeros



Lampara. Laprotege



Hipotesis. Razones que se proponen como causantes del hipo.



El Hombre Araña: la mujer arrea patadas


Sushinto: pequeña cantidad de comida japonesa






FABULOSOS AÑADIDOS DE LECTORES Y AMIGOS

Almario: Aparador situado en el recibidor del domicilio donde abandonar el alma cuando uno/a sale a trabajar por las mañanas.


Traducción/Interpretación: Chivatazo de lo que dicen otras personas en otras lenguas.


Metafísica: Disciplina donde la realidad se inventa y las mentiras se realizan.


Castillo: Personaje que suele tener una actitud sexual muy recatada, pero no siempre


Altobús: auto-bustante alto


Ventana: unidad de medida que precede a la trentana


Bombilla: Un aparato explosivo no muy grande.


Cerrojo: Antónimo de abrojo.


Sempitierno: que durará siempre tierno.



Cascomio: cómo preguntar educadamente a tu interlocutor que ha tomado en el almuerzo



Sombrero: Vendedor de sombras, o el que las arregla cuando se estropean



Matizar: dícese de convertir en una mata.

¿Se animan a seguir?

Antonio Carrillo

jueves, 10 de mayo de 2012

Ética empresarial en 2012



Permítanme la indiscreción: soy el gerente de la agencia de traducciones más antigua de Madrid, y en estos 62 años nuestra empresa ha vivido momentos mejores y peores, navegando, como todas, sobre los oleajes que provocan los ciclos económicos.

Lo que nos distingue de otras actividades es una figura peculiar, un profesional altamente cualificado, un artesano de la palabra que precisa de muchos años para formarse. Este es un negocio que no permite atajos. La principal herramienta de un traductor sigue siendo un cerebro moldeado por la experiencia, alertado por los errores cometidos en el pasado y despierto a la búsqueda provocada por un reto inesperado y que proviene de algo tan vivo como el idioma.

Ser traductor consiste en una búsqueda constante. Los traductores exploran territorios nuevos todos los días.

Pero, más allá de todo romanticismo, somos, en definitiva, una empresa. Y por consiguiente, nuestra finalidad última es obtener beneficios; ganar un dinero que nos permita seguir con la actividad que desarrollamos. En definitiva, pagar sueldos y alquileres. Y estamos inmersos en un mercado altamente competitivo, que nos exige un esfuerzo constante por ofrecer calidad al mejor precio.

Ahora bien, ¿cuánto vale el trabajo de un profesional de la traducción?

Cada vez menos.

En estos tiempos de tecnología, innovación e inmediatez, los valores intangibles de la experiencia han perdido fuelle. Nos hemos visto invadidos por virus corporativos muy agresivos que, ajenos a todo lo que no sea su Cuenta de Resultados, tergiversan los usos de una actividad para la que antaño se precisaba constancia, vocación y ciertas dotes de sabiduría. Es penoso ver cómo hemos perdido valores y, con ellos, dignidad. Si antes una minoría podía considerarse traductores, y una generación nueva aprendía con paciencia el oficio de los mayores, hoy casi cualquiera puede traducir. Basta con que rebajen su tarifa a niveles deshonrosos. Se convierten así en esclavos involuntarios de la codicia de unos cuantos empresarios que ni comprenden la esencia de este trabajo ni respetan la extrema dificultad que entraña el ejercicio de este oficio. Para ellos la traducción es un servicio empresarial más, una manera de ganar dinero. La pausa necesaria para volver al texto con una nueva mirada, la búsqueda de un giro idiomático que resuelva una encrucijada, la inmersión en una terminología técnica extremadamente difícil... son todos aspectos ajenos al ansia por obtener beneficios fácil y rápidamente. El traductor es, cada vez más, un personaje anónimo y prescindible, capaz de rellenar páginas de Word. Es un condenado a galeras, que con cada golpe de remo suma una palabra más al procesador de texto. Sabe que si protesta, si se levanta del sitio, alguien ocupará su lugar. La nave no se detiene jamás. Y el remero, oculto en sus entrañas, desconoce su rumbo. Tan solo boga, día tras día. Sin descanso. Por una limosna de pan y una escudilla de agua. Las palabras caen como granos de un reloj de arena, y las tapas de los diccionarios se pudren de salitre, desuso y sudor. No hay tiempo. La palabra, al poco, se convierte en enemigo. Es la alienación máxima. Se rema, se traduce, con los ojos vendados.

Más palabras. Más palabras. Y por menos.

Esta realidad, que puede sonar exagerada, no responde a un momento de crisis en la que debemos ajustar los precios. Durante 62 años hemos pasado por todo tipo de dificultades; pero lo que vivimos es distinto. Insisto en que es un problema de valores, de ética empresarial. Se están dando situaciones de franca explotación, aprovechando la penosa situación que atraviesan muchos profesionales, especialmente los más jóvenes. Se realizan trabajos sin cobrar por ellos, con la burda justificación por parte de la empresa de que se trataba de una prueba. Se organizan cursos de traducción en los que los alumnos realizan trabajos que se facturan al cliente. Se contratan equipos de becarios por seis meses, sin pagarles nada, y exigiéndoles que realicen traducciones que, una vez más, se facturan como trabajos realizados por profesionales. El mercado se ve alterado por estas prácticas innobles, y lo peor es que las agencias serias, al no poder competir, no pueden incorporar traductores jóvenes para así poder formarlos.

La posibilidad de aprender el oficio, de revisar, consultar y corregir, no tiene cabida en esta carrera ciega hacia el abismo en la que estamos inmersos. No se aprende a traducir en una facultad, como no basta leer mil libros para convertirse en médico. La experiencia, palpar un abdomen, emitir un diagnóstico y equivocarse cien veces, aprender de ello, lo es todo.

Esta realidad tan penosa y preocupante a nadie escandaliza. En otras actividades se vivirán situaciones parecidas, se me dirá. Pero hay una faceta en la traducción que pasa desapercibida, y que a todos nos atañe.

Hay organismos públicos, como Direcciones Provinciales de la Seguridad Social, que pagan las traducciones de los expedientes a 0,02 euros la palabra. Es decir, documentos que versan sobre cuestiones fundamentales como jubilaciones, prestaciones por accidentes o pensiones se pagan a un precio imposible. Si la agencia cobra 2 céntimos de euro la palabra ¿cuánto cobra el traductor? ¿1 céntimo? Y este precio se aplica a traducciones inversas al ruso, griego o noruego. ¿Cómo es posible? ¿Cómo se admite una propuesta económica en una licitación pública a un precio manifiestamente temerario? Estos precios están en algunos casos un 500% por debajo del precio de mercado ¿Por qué no ha prosperado ninguna de las reclamaciones que he interpuesto ante las mesas de contratación? Y lo que es más importante ¿quién está traduciendo estos expedientes a ese precio? No un traductor. Eso seguro.

Pero la realidad es aun peor: la interpretación en sede judicial está en manos de dudosa capacitación, y a unos precios irrisorios. Se han dado casos, documentados por los propios magistrados, en los que los supuestos intérpretes desconocían el idioma objeto de interpretación, o no sabían expresarse en castellano. ¿Qué ha sucedido con las quejas elevadas por miembros de la magistratura ante el Consejo General del Poder Judicial? ¿Por qué no ha trascendido un escándalo tan mayúsculo?

En un Estado de Derecho la salvaguarda de Derechos Fundamentales es un pilar central sobre el que se asienta la existencia misma de la democracia. El derecho a un juicio justo, y con plenas garantías constitucionales, es algo que nos atañe a todos los ciudadanos. Si miramos a otro lado, corremos simplemente el riesgo de ser los siguientes, y nos convertimos en cómplices. El escándalo de una interpretación inadecuada en los procedimientos penales afecta a personas marginales, fundamentalmente a extranjeros indocumentados, y por tanto no es noticia. Un jugador se lesiona el menisco, una famosilla se encama con un torero o un cantante aparece muerto por una sobredosis y la noticia es de dominio público. Pero en España todos los días se celebran juicios en los que el derecho a una defensa digna se ve presuntamente vulnerado, y no pasa nada.

Realmente, algo no funciona. Algo está pasando en el orden de los valores.

Me preocupa especialmente que el periodismo esté sufriendo también los embates de la crisis, y que la salud democrática se vea afectada por intereses empresariales de grandes emporios de comunicación aquejados por un descenso de los ingresos publicitarios. Una prensa con dificultades económicas es vulnerable a la presión política, a que se dirija su línea editorial. Y esto importa realmente porque los ojos de los periodistas son los nuestros. Están donde se produce la noticia por nosotros, para contarnos lo que sucede. ¿Acaso no lo sabemos todo?

Insisto una vez más, es un problema de valores. Estamos permitiendo que el miedo socave nuestra fortaleza moral, nuestra dignidad y los avances en derechos y libertades ganados con tanto esfuerzo durante años. Al albur de la crisis económica, florecen prácticas empresariales insoportables que a todos nos afectan. La pregunta es: ¿seremos los siguientes? ¿No vamos a alzar la voz mientras no nos afecte?

La raíz axiológica está precisamente en esta pregunta: ya nos afecta. Porque el abuso laboral sobre una generación de jóvenes es asunto que a todos nos concierne, porque lo que suceda en un juzgado, sea o no extranjero el acusado, a todos nos atañe en lo más íntimo. Porque necesitamos una prensa libre y un marco legal que nos proteja frente a los abusos provenientes del miedo.



Estamos perdiendo la batalla contra el desaliento. Y les estamos robando a nuestros propios hijos brotes de libertad que tardaron muchos años en arraigar. Es un problema de perspectiva. Creo que deberíamos detenernos un momento, dejar de remar.

Y preguntarnos adónde vamos.

Porque yo, al menos, no lo tengo nada claro.

Antonio Carrillo.

martes, 8 de mayo de 2012

Salvados por un peluquero


Ha vuelto.

El peluquero más estrambótico del orbe literario, el investigador más delirante que se oculta por los estantes de las librerías ha vuelto. El hombre sin nombre, protagonista -a su pesar- de tres novelas desternillantes, ha regresado, escapándose de la pluma genial de Eduardo Mendoza, acogido en la novela "El enredo de la bolsa y la vida".

Ha vuelto. Cuando más falta nos hace. Para poner orden.

Corríamos el riesgo de creérnoslo. De tanto insistir, casi nos convencieron de que el Banco Mundial y la Prima de Riesgo lo son todo. Hemos estado en un tris de caer en un estado hipnótico; un sueño inducido por los vaivenes del Mercado de Valores y las letanías monocordes de los políticos. Las radios vomitaban el Apocalipsis de un quinto jinete: el Sistema Financiero, al que debíamos tener lástima y rescatar. Llevamos meses en los que se ha levantado la más espesa y fría de las nieblas, sonámbulos todos, ateridos (y aterrados) por la crisis inmisericorde, y con la sensación de estar siendo constantemente manipulados. No en vano, este vacío nos ha arrebatado trabajos, ilusiones y, en mi caso, la vida de un amigo, que no encontró salida a tanta mierda.

Y cuando peor estaba todo, vuelve él. En su Barcelona de siempre, regentando una peluquería de señoras que amenaza ruina y rodeado de los personajes más pintorescos que la realidad pueda imaginar: estatuas vivientes que engalanan (cada vez más) nuestras plazas, para disfrute del turista en Safari fotográfico, prodigiosos bazares chinos, universos inabarcables en los que se vende de todo, alcaldes trastornados y una caterva de perdedores entrañables. Y es imposible no despertar, no reaccionar a este destello de luz que muestra las vergüenzas de nuestro presente.

La visión del loco está libre del velo de la corrección. Es diáfana y certera.

Ha vuelto a publicar Mendoza una "obra menor", como he leído en alguna crítica periodística. Y menos mal. Afortunadamente, este escritor no intenta comprar votos para la Real Academia de la Lengua vomitando bodrios nauseabundos que pretenden arrogarse el título de "alta literatura"; novelones infumables por densos, pretenciosos y tramposos, repletos de metáforas vacías y sentimentalismo barato.

Basura en tapa dura y gran tirada.

Por suerte, Mendoza ha escrito lo que le gustaría leer. Se lo ha pasado bien haciéndolo; se nota.

Ha vuelto, lo repito. Por si no se ha enterado. Después de leer esta novela no podrá subirse a un avión sin pensar en el secuestro aéreo más divertido que imaginarse pueda, y le aseguro que buscará en el fondo del pasillo del bazar la figura encorvada de un anciano chino, cuyas perlas de sabiduría añoraremos siempre. Pero Eduardo Mendoza, además, ha conseguido lo increíble: cuando en las portadas de los periódicos asome la adusta mirada de la canciller alemana, el viento le traerá, como si de un susurro se tratara, un nombre. "Angelines".

Y ya nada será lo mismo. Un libro ha venido a salvar nuestra cordura.

Saldremos de esta crisis. No mi amigo, que se quedó en el camino. Saldremos con menos derechos y la dignidad maltrecha. No se preocupen por las instituciones bancarias; seguro que salen reforzadas.

Pero los de a pie buscaremos refugio en Terry Pratchett o en Gerald Durrell, autores menores. Por curarnos las heridas. Y con escritores foráneos como Mendoza, poniendo orden en la insensatez. Con un castellano, dicho sea de paso, imposible, arriesgado y genial.

Porque Mendoza es un escritor magnífico ¿No lo dije?

Ha vuelto. El peluquero sin clientela que resuelve misterios policiales. La trama es casi lo de menos. Hace calor en Barcelona, y un artista callejero sufre varias lipotimias enfundado en su disfraz de reina portuguesa.

La vida cobra sentido. Por fin.

Y surge la risa. Liberadora.

Antonio Carrillo.

jueves, 3 de mayo de 2012

La primera huelga, o de un pasado cercano



Lo que voy a contar sucedió hace más de 3.000 años, pero tengo la seguridad de que les va a sonar; y mucho.

Ramses III fue el último gran faraón de Egipto. Obtuvo al principio importantes éxitos militares, y bajo su mandato se alzaron los últimos monumentos de importancia en Egipto; pero su reino estaba exhausto, arruinado y, en los últimos años, deprimido. Con su muerte, el 1.161 a.C., tras 1.500 años de predominio egipcio, la imponente sombra de las majestuosas pirámides prácticamente cae en el olvido. Sólo Alejandría, mucho más tarde, rememorará parte de una gloria milenaria.

Sin embargo, ¿se han dado cuenta?, a pie de calle es difícil predecir algo así. Estamos caminando por Tebas, en el vigésimo año de su mandato, y se respira una alegría forzada. En las tiendas podemos adquirir artículos de lujo provenientes de lugares lejanos, objetos suntuarios que reclama una clase dirigente. Percibimos un frenesí que festeja la paz, desmantelada la amenaza hitita, la presencia libia y, muy especialmente, vencido el misterioso y temido "Pueblo del Mar". El pueblo reacciona con entusiasmo; se quiere emular la época de Ramsés II, olvidar las penurias de las últimas décadas, volver al boato de entonces. Es un ejercicio sorprendente de autoengaño colectivo.



Imbuidos por esta euforia, los egipcios gastan en adornos y elementos improductivos más de lo que genera la tierra o el comercio. Por si fuera poco, la corrupción es un mal endémico, y la administración de los recursos es ineficaz, en parte por la herencia ponzoñosa de una ingente burocracia.

Se emplean enormes recursos públicos en mejorar los templos de Luxor y Karnak; el faraón construye su fastuoso templo/palacio de Medinet Habu y una tumba maravillosa, la KV11. (Por cierto, no debió de ser Ramsés III un hombre especialmente agraciado: en 1932 su rostro, muy bien conservado, sirvió de modelo al experto en maquillaje Jackson Pierce, quien creó el celebérrimo rostro de "la momia" que interpretaría Boris Karloff).

Lo dicho: paseando por la bulliciosa Tebas, nada hace suponer que tanta bonanza se sustenta sobre una frágil burbuja, que está a punto de estallar.

Visto en perspectiva, el comienzo del fin se sitúa en la aldea de Deir el-Medina, fundada por Tutmosis I 500 años antes, y en la que se alojaban los 120 obreros, artesanos y escribas encargados de la construcción de las tumbas reales. Vivían aislados con sus familias para preservar el secreto de su trabajo, y el Estado les facilitaba a cambio todo lo necesario: pan, cerveza, comida e incluso el agua potable que faltaba en el desierto. Antes de dar comienzo a cualquier obra, los trabajadores firmaban un contrato en el que se establecía la duración del trabajo y el salario en especie, que también incluía ropajes, calzados, cuencos y utensilios. Trabajaban durante diez días, en los que permanecían junto a las tumbas del Valle de los Reyes; el resto del mes volvían al poblado y trabajaban en sus propias tumbas; o hacían trabajos por cuenta ajena. En definitiva, eran obreros especializados que trabajaban para la Administración Pública. Y, de repente, el Estado dejó de pagar. No había recursos. Ellos, los constructores de tumbas, ajenos al frenesí de Tebas o del Delta, situados en la orilla oeste del Nilo, dejaron de recibir regularmente alimentos y agua. ¿Por qué?

Consecuencia del despilfarro y la mala administración, tras veinte años de reinado de Ramsés III, Egipto sufría un aumento de la inflación galopante. El aumento de precios desató la codicia de los administradores, a todos los niveles, que procuraron acaparar el grano para enriquecerse con ello.

Vivimos una época de especuladores que quieren ganar mucho y muy rápido. ¿Les suena?

Las distintas administraciones públicas se echaron la culpa mutuamente de lo sucedido, y el faraón se vio obligado a destituir a su visir Athribis. Pero la crisis finalmente estalla el 14 de noviembre del año 1.166. Sesenta trabajadores de Deir el-Medina, que llevan 20 días sin recibir comida ni agua, traspasan los cinco muros de la necrópolis bajo el grito "¡tenemos hambre!", bajan a las fértiles llanuras y atraviesan el río sagrado. Acompañados de un escriba (de nombre Amennajet) y dos contramaestres, se dirigieron al templo de Tutmosis III, en donde hicieron una sentada, gritando consignas y protestando con gran estruendo.

Esta primera ocupación no consiguió gran cosa (les habían entregado 50 panes para pasar la noche), por lo que decidieron invadir el recinto sagrado que rodeaba el templo funerario de Ramsés II (o Rameseum), provocando con ello la huída de la policía, que evitaba enfrentamientos. La ocupación efectiva de un lugar tan significativo para la sociedad egipcia resulta muy eficaz. Su voz se hace oír con fuerza. El punzón de los escribas nos ha permitido escuchar estos gritos de antaño:

“Hemos llegado a este lugar empujados por causa del hambre y de la sed, por la falta de ropa, de pescado, de legumbres. Escríbanlo al Faraón, nuestro buen señor, y escríbanlo al Visir, nuestro superior. ¡Háganlo para que podamos vivir!”

El problema es realmente grave: al parecer era vox populi que el gobernador de la zona de Tebas Oeste acaparaba los bienes. Los trabajadores no pueden ser más claros: "decid a vuestros jefes que no nos moveremos. Aquí, en vez del faraón, lo que hay son sinvergüenzas".

Hay tres administraciones públicas implicadas: la central, representada por el gobernador y, en última instancia, el visir; la local, representada por un asustado alcalde de Tebas, que no sabe cómo solucionar este entuerto, y los poderosos sacerdotes, que, ajenos a todo, acaparan en sus templos grandes cantidades de trigo. El alcalde, acobardado, viendo que el asunto tomaba un cariz peligroso, y que el propio jefe de policía, Mentumosis, que le había visitado, parecía apoyar la revuelta, ordenó confiscar el trigo y la cebada procedente del Rameseum. Una autoridad local se apropia de un trigo perteneciente al clero, intocable durante milenios; no es difícil adivinar que se avecinan problemas.

Este reparto tranquilizó los ánimos momentáneamente. El nombramiento de Ta, un delegado de Deir el-Medina como visir del Alto y Bajo Egipto, también ayudó bastante. Pero, finalmente, la cruda realidad de los números (y de la corrupción) se impuso: una visita de Ta al Delta con motivo del “Festival Sed” bastó para que de nuevo se suspendieran pagos. Recuerdo: esto implicaba que los trabajadores y sus familias se quedaran sin comida ni agua.

A partir de entonces sucede algo significativo: comenzaron los robos en las tumbas reales y privadas; nadie mejor que los artesanos que las habían construido podían saquearlas eficazmente. El orden social se había visto alterado en sus más hondos cimientos: los trabajadores habían paralizado las actividades del templo, una autoridad local se había enfrentado al clero, la administración central se mostró incapaz de instaurar el orden ni de dar respuesta a los problemas; la misma autoridad de faraón se vio dañada, al punto de que sufrió varias conjuras que intentaron acabar con su reinado. El que se profanaran abiertamente las tumbas reales no era sino un paso más hacia el desgobierno.

Egipto sangra por la herida del hambre y la desigualdad social; y la muerte de Ramsés III certifica una muerte anunciada. Muy pronto oleadas de libios, persas, nubios y griegos invadirán las orillas del Nilo instaurando dinastías, en su mayor parte efímeras y tributarias de Estados más poderosos. La civilización hablará griego y latín, y olvidará la lengua de los paramentos de los pilonos, olvidará gestas y nombres. Y, lo que parecía imposible, sucede: el Egipto de los faraones desaparece de la historia.

Sólo el descubrimiento de una piedra en tres idiomas y el genio de un joven francés hará renacer los ecos de un pasado lejano.


No seré yo quien haga paralelismos; pero algo sí tengo claro: nada es para siempre. No podemos dar nada por seguro.

Si queremos conservar las conquistas en Derechos Fundamentales y bienestar social de las que disfrutamos, conviene que luchemos por ellas y no relajemos la vigilancia.

Por el bien de todos. Porque la barbarie, el "sálvese quien pueda", acecha tras el miedo y la escasez.

¿Acaso no lo sienten?

Antonio Carrillo.