miércoles, 10 de diciembre de 2014

Incógnitas sobre la Peste Negra



El año 1346 un mal terrible se extendió por Asia.

Fueron muchos meses de muerte que pasaron desapercibidos en la Europa medieval.

Todo comenzó en una tierra inhóspita, en las amplias estepas tártaras, posiblemente Manchuria. Un roedor, la marmota, era portador de un mal terrible y conocido desde antiguo: la peste. Sus pulgas propagaron una desolación que pronto cabalgó lejos, a lomos de un nuevo huésped: la rata negra. La India resultó diezmada y las crónicas chinas hablan de al menos 15 millones de muertos. Poco después Oriente Medio o Egipto sucumbieron bajo el aleteo de la guadaña.

Dos años más tarde, arriban silentes barcos a los puertos de Mesina, Venecia, Marsella o Génova cuyos tripulantes están ya enfermos o muertos. Provienen de ciudades genovesas asediadas por ejércitos mongoles. Y unas escurridizas y pequeñas ratas oscuras desembarcan, sembrando una ponzoña para la que no hay cura ni estamos inmunizados.

La rata negra procede de la India y está acostumbrada a los climas cálidos; sin embargo, en el refugio de los hogares europeos las ratas (y sus pulgas) sobreviven, y en las grandes ciudades las mujeres, ocupadas en labores domésticas, fueron víctimas propiciatorias del mal que portaban.

 
Con el frío hay menos pulgas, pero los contagios no se detienen. Las frías temperaturas del otoño europeo alteran el sistema digestivo de la pulga, que no puede metabolizar convenientemente la sangre que ha ingerido. Las enzimas gástricas no destruyen las bacterias de la peste, que se multiplican en su interior. 

La pulga está siempre hambrienta. Y en un ambiente insalubre ratas enfermas y pulgas infectadas proliferan.

En 1348 una muerte repentina, como nunca se ha visto, asola el continente. Es la famosa peste negra. Los hijos asustados abandonan a los padres enfermos y, contraviniendo la naturaleza misma, los padres abandonan a los hijos. Los médicos desatienden a las víctimas e incluso los sacerdotes se niegan a ofrecer el alivio de la extremaunción. La situación es tan grave que los obispos permiten que los familiares practiquen este sacramento por sí mismos. Esta vivencia nueva de la fe, más personal, sin la intermediación del sacerdote, será uno de los caldos de cultivo del protestantismo.

Los pueblos asisten a lo que parece el fin del orden social, una hecatombe que parece acabar con el atisbo de civilización que supuso la ciudad en la Baja Edad Media. Un tercio de la población europea fallece en cuestión de pocos meses. No hay quien siembre los campos, y en ciudades de Alemania fallece el 90% de la población. El hambre es atroz. Reina el caos de la desesperación y del desánimo.

El rey francés Felipe VI acude a la Facultad de Medicina de la Sorbona, una de las más prestigiosas del mundo, para que aclarare en lo posible las causas de lo que parecía el fin del mundo. Los doctos profesores presentaron su dictamen: una triple conjunción de Saturno, Júpiter y Marte en el grado cuarenta de Acuario, ocurrida el veinte de marzo de 1345, había elevado las temperaturas y emponzoñado el aire.

Sin embargo, sí se observan unas pautas que ayudan a luchar contra el mal. Nadie relaciona el contagio con la picadura de las pulgas, pero hay profesiones más propensas a contraer el mal; como los comerciantes de paños. Las vestiduras parecen transportar la muerte, y en algunas ciudades los viajeros debían desprenderse de sus ropajes y sólo se les permitía entrar después de vestirse con unas ropas nuevas prestadas por la propia ciudad. Se queman las ropas de los muertos.

Es curioso que nadie acabase de ver la relación entre ropa, pulga y peste. De hecho, habrá que esperar a principios del siglo XX, cuando se pusieron de moda los abrigos de piel de marmota de Manchuria (volvemos, pues, al origen). Miles de cazadores inexpertos se dedicaron al lucrativo negocio de atrapar a los roedores, especialmente a los más débiles por enfermos. Con ello incumplían una tradición centenaria de los cazadores expertos: “nunca se caza a una marmota enferma”.

Al poco, una epidemia de peste bubónica mató a 60.000 personas. Diez años antes, en Francia, se había descubierto el bacilo causante de la peste.

Los médicos medievales formularon las hipótesis más peregrinas; creían que la peste se debía a los vientos cálidos que provenían del sur. Se recomendaba aspirar el olor de maderas aromáticas o, por el contrario, el olor pútrido de las letrinas públicas; toda actividad física implicaba un mayor consumo de aire, y por tanto era peligrosa. También se le echó la culpa a los judíos, que envenenaban las aguas.

 
Sin embargo, sabemos de un caso en el que los consejos del doctor salvaron al paciente: en la sede papal de Aviñón el número de víctimas era tal que, como sucedía en otros lugares, no había posibilidad de enterrar a los miles de muertos diarios. El Papa Clemente VI se vio obligado a consagrar las aguas del río Ródano, y desde entonces se arrojaron los muertos a la corriente. En esta tesitura Guy de Chauliac, médico del pontífice, prohibió al Santo Padre que recibiera visitas, y lo mantuvo cautivo durante todo el caluroso verano provenzal en un salón, en medio de dos grandes fuegos. En ese ambiente asfixiante no podía haber pulgas, y Clemente VI no enfermó de la peste de 1348.

Hoy en día se discute lo que realmente sucedió en la Europa del siglo XVI. La velocidad de propagación del mal, su rapidísima expansión, más parece obra de un agente infeccioso, como una gripe, la viruela o una fiebre hemorrágica. Se han encontrado restos del bacilo de la peste en cadáveres de la época, y los síntomas son inequívocos, especialmente con la peste bubónica; pero en otros cadáveres no hay indicios de bacilos. Algunos especialistas defienden la idea de que no hubo una sola causa que explicase el desplome demográfico, sino una desgraciada concatenación de enfermedades que se cebaron en una población desnutrida y débil.
 

Pero hay más: la Peste Negra esconde un enigma. Si observan el mapa que aporto, observarán que hay dos zonas en concreto en las que no se dieron casos de peste, o fueron muy raros. Hablamos de la ciudad de Milán y de un área muy concreta del occidente pirenaico. Estos dos lugares fueron refugios situados en medio de zonas con una altísima incidencia, oasis que se salvaron de horror ¿Por qué?
 
Llegados a este punto sólo podemos especular. En el caso de Milán, parece demostrado que las autoridades actuaron con mucha diligencia, cegando las tres primeras casas en las que se manifestaron síntomas de la enfermedad. Dentro de estos hogares quedaron encerrados y condenados enfermos y sanos por igual. Esta actuación, y la estricta cuarentena que impusieron a los visitantes, pueden explicar que pudiesen controlar la marea de muerte de 1348. De todos modos, otras poblaciones tomaron medidas similares y ello no evitó que la peste se propagara; el control de las ratas, una verdadera plaga, era imposible.

El asunto de los Pirineos es, francamente, inexplicable. Veamos: los autores y científicos lo justifican en el hecho de que eran zonas poco pobladas y con apenas tránsito ni contacto. Si esta fuese la explicación ¿qué sucede con otras zonas montañosas, como la asturiana? ¿Acaso no hay valles en los Alpes tan o más inaccesibles? Por qué la peste asoló esas otras zonas agrestes, y sin embargo salvaguardó un pequeño reducto del occidente pirenaico?

Tras mucho reflexionar sobre ello, ni tan siquiera encuentro el bosquejo de una hipótesis. ¿Acaso las poblaciones de esa zona en concreto tenían un sistema inmunológico que les preservaba de la muerte? ¿Existió una mutación que nos protegió de la peste o de otras enfermedades? ¿Qué hay de especial en esta zona?

Insisto, no lo sé. En lo primero que pensé fue en la endogamia vasca, que se manifiesta en un índice inusualmente alto del factor RH negativo en la sangre. Vascos y judíos son los únicos de los grandes pueblos occidentales que mantienen rasgos propios en su genotipo. Pero la zona no coincide exactamente con las vascongadas. De todos modos, es una idea que dejo en el aire.

La peste nos cambió, alteró las estructuras sociales y derrumbó todo el armazón feudal. Los que sobrevivieron transmitieron un sistema inmunológico más fuerte, que nos ayudó a soportar otras pandemias. “Lo que no te mata te hace más fuerte”, dice el refrán. Y es cierto.

Los investigadores han estado buscando claves genéticas en la supervivencia, herencias en nuestro sistema inmunológico que se han transmitido a lo largo de los siglos. Es una tarea difícil, por aquello de que los humanos tenemos la costumbre de emigrar y no parar demasiado quietos. Sin embargo, un hecho asombroso acaecido en una población de Inglaterra del siglo XVII nos ofreció las pistas que necesitamos.

Es el increíble ejemplo que nos ofreció el pueblo de Eyam, en Derbyshire. Su historia merece ser recordada.

 
En la primavera de 1665 la ciudad de Londres sufrió una terrible epidemia de peste. Entonces eran comunes  esas figuras espectrales de los médicos ataviados con las máscaras picudas y los bastones de color blanco, una idea del médico de Luis XIII. El humilde sastre George Vicars, de visita en la capital, volvió a Eyam con un cargamento de ropas, sin ser consciente de que en su carro la muerte se agazapaba en forma de pequeñas pulgas. Vicars enfermó a los dos días de su llegada, y falleció en menos de una semana.

No se podía hacer demasiado: Eyam estaba infectada.

El pueblo, en vez de dejarse llevar por el pánico, se reunió en mayo con el reverendo Mompesson y el ministro puritano Stanley y acordaron un plan de acción. Había que frenar la enfermedad en Eyam, y la única manera era aislarse del exterior. Además, los vecinos redujeron al máximo el riesgo de contagio: los familiares de los muertos enterraban a sus víctimas, y las misas se celebraban al aire libre, para que pudiesen estar separados unos grupos de otros. Durante 16 meses Eyam se encerró en sí misma para proteger a las poblaciones vecinas.

Pasado ese tiempo, entraron las primeras personas del exterior. Se encontraron con un paisaje desolador: el pueblo contaba con 350 habitantes, y sólo habían sobrevivido 83. Pero en toda la comarca de los alrededores no hubo ni un solo caso de peste. La valentía de las gentes de Eyam había conseguido frenar la propagación de la peste.

Eyam era un lugar único: durante más de un año una parte de la población había sobrevivido a la enfermedad de forma aparentemente aleatoria. Muchos supervivientes habían tenido un contacto directo con la enfermedad, como Elizabeth Hancock, que cuidó y enterró a sus seis hijos y a su marido en apenas 8 días; o como el enterrador del pueblo ¿Por qué unos sí y otros no? La respuesta debía estar en el sistema inmunológico.

Los genetistas del siglo XXI están estudiando a los descendientes de los 83 supervivientes de Eyam. Han descubierto en muchos una mutación genética conocida como “Delta 32”. Es una mutación que, en su forma heterocigótica (con sólo una copia mutada), se encuentra en un 20% de los europeos. Sin embargo, en el resto del mundo es una mutación muy rara. Los genetistas han rastreado el momento en que se produjo esta mutación: hace unos 600 años. Sobre el 1.400.

Lo asombroso es que estudios recientes han demostrado que esta mutación implica una menor incidencia del virus del SIDA. En el caso de los homocigóticos (un 1%) al parecer son inmunes a contraer la enfermedad.

Acabo ya. Es difícil hablar de un tema tan manido y poder explicar algo nuevo. La peste procedía de las marmotas, hubo un papa que sobrevivió sudando y que consagró un río, hubo dos lugares en los que no se conocen casos de Peste y en un pueblo de Inglaterra sus habitantes demostraron valentía y sensatez.

Espero que, si nos toca pasar por algo así, demostremos estar a su altura. Porque nosotros sí tenemos muchos más conocimientos sobre la enfermedad, vías de contagio y hábitos de higiene. Porque tenemos un sistema de salud pública que nos protege.

Porque ¿saben? La mayor pandemia en términos absolutos se dio en el siglo XX, en 1918, con 100 millones de personas muertas de gripe.

Es algo que conviene recordar. Puede volver a pasar. Conservemos la calma y cuidemos los unos de los otros. Confiemos en la sensatez que transmitan nuestros dirigentes políticos...

... y sí. Yo también me estoy acordando de la reciente crisis del ébola.


Antonio Carrillo

viernes, 5 de diciembre de 2014

El despertar de mañana, a 4.000 millones de kilómetros


 
Distancia: 4.773.736.000 kilómetros de la Tierra.

Hora: las 3 en punto de la tarde de mañana sábado, 6 de diciembre de 2014, hora de la costa este de los EEUU.

Una pequeña sonda despertará de su letargo.

Se llama New Horizons
 

Lleva viajando desde enero de 2006, y es muy rápida. Ha llegado a alcanzar una velocidad de 54.000 kilómetros por hora. Tardaría 36 segundos en llegar de Madrid a Sevilla, y 6 minutos de Nueva York a París. Y, con todo, la New Horizons no es el objeto más rápido creado por el hombre; este récord le corresponde a la Voyager I que está mucho, mucho más lejos.

Quería dejar constancia del hecho: a las 10 de la noche de mañana, hora de Madrid, un objeto fabricado por el hombre acabará con una larga hibernación. En la oscuridad de esas distancias impensables, una lucecita dará cuenta de que los sistemas comienzan a funcionar de nuevo.

Será un largo desperezar. La New Horizons tardará una hora y media en despejarse lo suficiente como para enviar un primer mensaje a la Tierra: todo va bien.

Me he despertado.

La sonda está tan lejos que su mensaje, que saldrá a las 11:30 de la noche, viajando a la velocidad de la luz, necesitará 4 horas y 25 minutos para cubrir la distancia que le separa de la Tierra.

A las 4 de la madrugada del domingo, las 9 de la noche hora de los EEUU, recibiremos el saludo de la New Horizons.

Enseguida se pondrá a trabajar; tiene que comprobar si los datos de navegación funcionan correctamente. Fijará su mirada en el cercano Plutón, antaño planeta, hoy uno de los muchos grandes cuerpos que gravitan el conocido como cinturón de Kuiper, una zona casi desconocida de nuestro sistema solar.

En un pequeño compartimento, a modo de homenaje, La New Horizons guarda unos gramos de las cenizas de Clyde Tombaugh, el astrónomo que descubrió Plutón en los años 30.
 
En marzo comienzan las primeras observaciones y estudios de Plutón. El miércoles 15 de julio La New Horizons se aproximará a sólo 12.000 kilómetros de Plutón, y sobrevolará Caronte, su enorme luna.

Hasta siete instrumentos científicos estudiarán la superficie y atmósfera del cuerpo, empleando menos energía que la que necesitan dos bombillas de 100 vatios.

Se enterarán. Será noticia – breve – en todo el mundo.

¿Y después?

Había un reto: aproximar la New Horizons a alguno de los enormes cuerpos que hemos detectado en el cinturón de kuiper, algunos, como Eris, mayor incluso que Plutón. Pero están demasiado lejos; es posible que la New Horizons pueda estudiarlos con su cámara de alta resolución y gran alcance. También se especulaba con poder resolver el llamado enigma del “acantilado de Kuiper”, del que ya hablé en una ocasión:
Ver artículo sobre el Acantilado de Kuiper

Pero conviene ser realistas, y estos últimos años, desde el 2011, los astrónomos se han afanado en la búsqueda de cuerpos al alcance del New Horizons. Era una tarea desesperante: son cuerpos muy pequeños, apenas 10 veces más grandes que un cometa, entre 55 y 35 kilómetros de diámetro, y están muy lejos.

No se encontraba nada.

Finalmente, no hace mucho, el Hubble detectó tres cuerpos accesibles desde el New Horizons. Acercándonos, podremos estudiar los orígenes de nuestro sistema planetario.

 
Bueno, eso es todo. No gran cosa. Mañana despertará un fruto del ingenio humano a miles de millones de kilómetros. No es tan importante como la liga de fútbol o las noticias de sucesos.

Pero sucederá. Y ¿saben?, será un pequeño logro de todos, como miembros de una especie de exploradores.

Yo, al menos, así lo siento. Y quería compartirlo.

Antonio Carrillo

sábado, 29 de noviembre de 2014

El supervolcán de Yellowstone y el fin de la civilización.



Q: What is Yellowstone doing to prevent an eruption?
¿Qué está haciendo Yellowstone para prevenir una erupción?

A: Nothing can be done to prevent an eruption. The temperatures, pressures, physical characteristics of partially molten rock, and the immensity of the magma chamber are beyond man's ability to influence--much less control
No se puede hacer nada para prevenir una erupción. Las temperaturas, presiones, características físicas de la roca parcialmente fundida y la enormidad de la cámara de magma están más allá de la capacidad del hombre para afectar – y mucho menos controlar. 

National Park Service. USA

1.600 d.C.

Desde las zonas más profundas y ardientes del manto terrestre, las más cercanas al núcleo, se elevan como columnas enormes flujos de roca fundida. La materia asciende porque la temperatura altera su densidad, haciéndola más liviana. En el interior de nuestro planeta hay inmensos ríos verticales de 500 kilómetros de diámetro que, ya cerca de la corteza, detienen su avance y fluyen hacia los lados, adoptando la forma de un inmenso hongo.

La presión que ejercen sobre la litosfera es enorme, y en estos puntos calientes la actividad plutónica es incesante. Hawái, Japón o las Canarias tienen su origen en estos pilares de magma.

Cerca de la superficie el magma se enfría y regresa a las profundidades en forma de columnas descendientes. Esta circulación de calor se denomina convección del manto terrestre.



En el año 1.600 d.C., en una zona del manto que confluye con un punto caliente del oeste de los Estados Unidos, 500 kilómetros cúbicos de magma inician un rápido ascenso. Su destino es inusual: no será un lugar de encuentro entre placas, que permita disipar parte de la energía acumulada. Cerca de la superficie se acumula una cantidad enorme de material candente en una cavidad monstruosa. El empuje final del magma que ha iniciado hoy su ascenso romperá un frágil equilibrio, y la corteza terrestre se fundirá y cederá, incapaz de detener la presión.

Comenzamos, pues, esta historia en el siglo XVII, el siglo de Newton, Galileo, Cervantes o Velázquez. Sin que lo sepamos ni podamos impedirlo, en el interior del planeta se han desatado unas fuerzas que, cinco siglos más tarde, acabarán con la civilización.

Un supervolcán estallará en Yellowstone al comienzo del segundo milenio.

1923. Yellowstone comienza a ser conocido como uno de los lugares más bellos de los EEUU. La mitad de los géiseres del planeta se encuentran en él, su riqueza geológica, hidrológica y biológica apabulla. Es el primer y más grande Parque Nacional. Pero su belleza oculta un peligro: los geólogos desde principios del siglo XX observan una enorme actividad hidrotermal. El terreno asciende, sometido a presiones inimaginables. Los terremotos son frecuentes. Pero nadie sabe realmente lo que sucede, la causa. Se piensa que Yellowstone es inofensivo.

1959 Yellowstone ya relata una historia geológica preocupante. Hay indicios en las piedras de al menos tres grandes erupciones en el pasado, la última de hace unos 600.000 años. La fuerza de la erupción parece descomunal, y lo más extraño es que no se encuentra el cráter ni la caldera. En este mismo año Yellowstone se agita por un terremoto de una magnitud de 7,5 sobre la escala de Richter en el que fallecen 28 personas. Sucede entonces algo asombroso: en el fondo del lago Hegben se abre una enorme grieta que lo vacía por completo. Posteriormente, los sedimentos taponan la herida y las aguas vuelven. Yellowstone, sea lo que sea, está vivo.

1970 Aunque geólogos y vulcanólogos son cada vez más conocedores de la potencia destructora de Yellowstone en el pasado, y de su incesante actividad geotermal y sísmica, no conocen nada parecido a los supervolcanes. Los vulcanólogos sí saben de la existencia de Traps o Grandes Provincias Ígneas: inmensas extensiones de material volcánico, fundamentalmente basalto, que ocupan áreas de cientos de kilómetros cuadrados. Pero Yellowstone es otra cosa. Está lo bastante concentrado para no ser considerado un trap, pero a su vez es demasiado grande y destructivo para ser un volcán. En el verano de 1975 se produjo otro gran terremoto de una magnitud de 6,1.

La respuesta al misterio de Yellowstone provino de la paleontología: en 1971 se encontraron en Nebraska una gran cantidad de fósiles de animales jóvenes muertos bruscamente hacía 10 millones de años. Todos murieron de asfixia; una ceniza cortante rasgó sus tejidos pulmonares hasta ahogarlos en su propia sangre. En efecto, los huesos estaban cubiertos por ceniza volcánica. Pero en Nebraska no hay ni ha habido volcanes. Los análisis químicos de la ceniza demostraron que el volcán causante de la extinción se encontraba en Idaho, a 1.600 kilómetros de distancia. El lugar de origen se conoce como la caldera de Bruneau-Jarbidge. Era la primera vez que se observaba una erupción de un tamaño semejante. Sea lo que fuere, Yellowstone era parecido al supervolcán extinto de Idaho: un gigante capaz de matar a miles de kilómetros. Pero ¿dónde estaba la caldera?

A finales de los 60 la NASA quiso probar equipos de fotografía a gran altura como parte del proyecto Apolo, en la Luna. Preguntó al Servicio Geológico Norteamericano si había un lugar en la Tierra que quisieran fotografiar desde tan alto. La respuesta fue inmediata: Yellowstone. Cuando revelaron las fotografías, descubrieron por fin al monstruo: una caldera de 70 kilómetros de largo y 30 de ancho. Era demasiado grande para verla desde tierra.

Los vulcanólogos habían descubierto un supervolcán activo.

1980. En el verano de 1975 Yellowstone se agita con un nuevo terremoto de magnitud 6,1. A partir de ese momento los científicos observan que el suelo de la caldera de Yellowstone se eleva 18 centímetros de 1976 a 1984. Es imprescindible saber lo que sucede, conseguir imágenes desde un satélite capaces de detectar variaciones de temperatura. En 1984 el satélite Landsat ofrece nuevas imágenes del leviatán que oculta Yellowstone, y se confirman los peores pronósticos: es enorme y se muestra activo. En 1985 se producen 3.000 sacudidas menores.

1992 La vigilancia sobre lo que sucede en Yellowstone aumenta. Un sistema de 22 sismógrafos repartidos por todo el parque recibe las ondas de los terremotos, y analizándolas se generan imágenes de la cámara de magma. Tiene más de 20 kilómetros de largo, diez de ancho y cinco de profundidad. Se detecta una vez más un ascenso de la caldera desde el verano de 1992 al verano de 1995. El satélite, por su parte, confirma sucesivas elevaciones que finalizan en junio de 1997. El suelo de Yellowstone se mueve; a 10 kilómetros de profundidad el magma y los sistemas hidrotermales están bailando, en un juego peligroso por desconocido. Un estudio de septiembre de 1998 confirma finalmente estos datos que, sin embargo, no son de conocimiento público.            

2.000 Comienza una actividad frenética que intenta averiguar lo que está sucediendo. Un estudio muestra la existencia de antiguos ríos de lava de 32 kilómetros de longitud, los mayores encontrados jamás. Algunos son de hace sólo 70.000 años. El estudio de la lava muestra la personalidad explosiva de Yellowstone: la lava contiene cristales de cuarzo que a su vez contienen titanio. La cantidad de titanio varía según la velocidad de ascenso de la lava. Pues bien: la lava de Yellowstone subió rápidamente. Se sabe que la última gran erupción del supervolcán de Yellowstone, la llamada erupción de Lava Creek, expulsó cerca de 1.000 km3 de roca, polvo y ceniza. Los efectos afectaron a toda Norteamérica, incluido México. El clima de todo el planeta se vio alterado por un invierno nuclear. Es demasiado grave, demasiado grande para mantenerlo oculto. Cuando las productoras, imbuidas del ambiente catastrofista propio del cambio de milenio, buscan temas para sus documentales, Yellowstone ve la luz. El año 2000 la prestigiosa BBC produce un documental sobre el Supervolcán de Yellowstone. Por cierto, el término “supervolcán” aparece por primera vez en este programa. No todos los vulcanólogos lo admiten como apropiado.


La conmoción es tal que el gobierno de los EEUU se ve obligado a actuar. En mayo de 2001 se crea el “Observatorio Vulcanológico de Yellowstone” (YVO). Es fruto de la colaboración entre el servicio geológico Norteamericano, el parque nacional de Yellowstone y la Universidad de Utah. Su misión: estudiar la evolución del supervolcán y anticipar los riesgos de una erupción. Yellowstone es el volcán más vigilado del mundo.

2003. El 10 de agosto el Denver Post informa del descubrimiento de una gran y súbita elevación en el fondo del lago Yellowstone. Esta prominencia mide nada menos que 630 metros de largo por 30 metros de alto. El descubrimiento de una elevación a un kilómetro de la costa, que confirma el Salt Lake Tribune el mes de noviembre, motiva el envío de un submarino y su estudio por sónar. Hay preocupación porque se produzca no tanto una erupción como una explosión hidrotermal masiva. Es decir: el lago Yellowstone, con sus 32 kilómetros de longitud, 23 kilómetros de anchura y hasta 118 metros de profundidad, situado encima de la cámara de magma, puede colapsar por un terremoto o por el aumento de la presión de la cámara. Si el agua entra en contacto con la lava hirviendo, la explosión hidrotermal puede ser devastadora y desatar el caos.

Hay otras evidencias: aparecen numerosos peces muertos, lo que podría significar que hay grietas en el fondo del lago por las que se filtran gases sulfurosos. Además, en determinados lugares de la orilla se detecta un fuerte hedor a sulfuro. Aparecen nuevas fumarolas en el entorno del geiser Norris, por lo que se prohíben algunos accesos. También se observa un aumento de la actividad hidrotermal y de la temperatura del agua.

En marzo de 2004 un biólogo descubre los cuerpos de cinco bisontes muertos por envenenamiento debido a la emanación de gases junto al geiser Norris. En abril aumenta la actividad sísmica en todo el parque.

2006 Científicos del observatorio de Yellowstone y del Servicio Geológico de los Estados Unidos (UEGS) presentan las conclusiones de un estudio sobre lo que está sucediendo en Yellowstone. Reconocen que hay cambios en la actividad hidrotermal y en la cámara de magma, pero, en palabras de un geólogo del UEGS ,“aún no estamos seguros de si esta actividad es normal o no”.  Si se habían observado por satélite variaciones en la caldera de 4 a 6 centímetro por año.

2007 El 30 de abril se detectaron 16 terremotos de una magnitud superior a 2,7. El UEGS le otorga a Yellowstone el rango de “sistema de alto riesgo".  Al fin y al cabo, la caldera seguía subiendo a un ritmo cada vez mayor: 7,6 centímetros por año desde 2004 a 2008. El mayor nivel desde que se iniciaron las observaciones en 1923. Sin embargo, en 2009 el ritmo de crecimiento se desacelera, y en enero del 2010 el USGS hace público un mensaje tranquilizador: "el levantamiento de la caldera de Yellowstone se ha desacelerado significativamente".

Pero durante meses ha reinado la inquietud: entre diciembre y enero de 2008 y 2009, en un plazo de siete días, se monitorizaron 500 terremotos, algunos de una intensidad de 3,9. El 1 de enero de 2010 la Universidad de Utah hace pública una nota de prensa en la que afirma que “el Servicio del Parque Nacional de Yellowstone se mantiene al tanto sobre la actividad sísmica que está teniendo lugar, por vía electrónica y por teléfono con la Universidad de Utah y el USGS y que la Oficina de Seguridad Nacional de Wyoming está revisando los Planes de Respuesta a Terremotos”.

Los interesados pueden realizar un seguimiento en tiempo real de lo que está sucediendo en Yellowstone en la página:
Pulsar para seguimiento del volcán en tiempo real

2010 El año comienza muy movido. Entre el 17 de enero y 1 de febrero se detectan 1620 pequeños terremotos. A tantos sismos continuados se los denomina “enjambres”. Se observó que terremotos acaecidos a grandes distancias (incluso a 3.200 Km) afectaban al sistema de Yellowstone. El enjambre de 2010 guarda relación con el terrible terremoto de Haití de 12 de enero del mismo año, que causó más de 200.000 muertos.

2013. El 10 de septiembre Yellowstone parece volverse loco. Durante seis días se sucedieron los terremotos; 130 en total. Un profesor de geofísica de la universidad de Utah, visiblemente preocupado, afirma que “nunca he visto nada igual en 53 años de investigación en Yellowstone. Nunca he sido testigo de tres enjambres sísmicos simultáneos”.

Esta inusual actividad sísmica proporcionó una cantidad ingente de datos a los estudiosos. Cuando estudiaron el avance de las ondas sísmicas descubrieron que el supervolcán de Yellowstone es un 250% más grande de lo que se creía. Los científicos que participaban en la reunión anual de la Unión de Geofísicos de EE.UU. en San Francisco supieron que la caverna magmática tiene 90 kilómetros de largo, 30 de ancho y hasta 15km de profundidad, con un volumen que supera los 20.000 Km3 de magma. Y que apenas 8 kilómetros nos separan de este lugar apocalíptico. Es una noticia aterradora, que, sin embargo, apenas si ocupa espacio en los medios de prensa.


2014. En el mes de junio se cierran al público varias carreteras del Parque Nacional, como la que permite acceder al geiser Faithful, el más famoso del parque. Incluso se recomienda no caminar cerca de la zona, porque lo que parece tierra firme podría no serlo. El calor proveniente del interior ha derretido el asfalto y la grava de la carretera. El portavoz del parque es muy explícito: "Básicamente convirtió el asfalto en sopa. Transformó los caminos de grava en una gacha de avena". No duda en calificar la situación como "extrema e insólita". Como ejemplo de actividad, en la página web del centro de seguimiento del volcán del 25 de noviembre de 2014 se detectan 11 terremotos:

1.86
1.78
0.74
1.18
1.16
1.84
1.65
1.63
1.42
1.39
0.48

Los científicos llaman a la tranquilidad. La situación en Yellowstone no indica que vaya a producirse una erupción a corto plazo.

2017. El 14 de marzo el nivel de las aguas en la orilla sureste del lago de Yellowstone ha ascendido dos metros. No es la primera vez que los árboles de la orilla se ven inundados súbitamente por el agua. Los satélites muestran que se ha producido un aumento repentino del suelo de la zona norte de la caldera, lo que ha desnivelado el nivel del lago. Hay un fuerte olor a gas en la zona. Se recomienda a los visitantes que eviten el lugar.

El 23 de octubre dos hectáreas de arbolado muerto parecen afectadas por la emanación de gases. Los árboles se han secado, y hay ardillas y otros pequeños mamíferos muertos por intoxicación. Se clausura la zona e impide el acceso. El 12 de diciembre se observa un cambio en los patrones de funcionamiento de los géiseres. En concreto, una docena dejan de expeler agua.

2019. El comportamiento del sistema hidrotermal del parque se hace más impredecible.  La UEGS remite al gobierno un informe confidencial en el que muestra su preocupación por estos nuevos indicios. Todo parece indicar que está aumentando la presión de la cámara de magma. Los enjambres sísmicos son cada vez mayores, y se detectan los focos a una menor profundidad. Las mediciones en el lago muestran un aumento de su nivel de acidez, lo que implica que se están disolviendo gases provenientes de grietas del fondo de la caldera. No es necesario elevar el nivel de alarma, pero se recomienda revisar los procedimientos de desalojo y actuación en caso de erupción.

2024. Los últimos tres años han sido tranquilos; incluso ha remitido la actividad sísmica. Pero de repente, el 4 de febrero, el parque sufre un terremoto con una intensidad de 6,8 localizado en una de las fallas que atraviesa el parque de norte a noroeste. Una cantidad indeterminada de agua del lago Yellowstone, que se encuentra congelado, ha desaparecido. La actividad geotermal de todo el parque se detiene bruscamente. Es la peor señal. El observatorio de Yellowstone cierra el parque y recomienda desalojar a la población civil que viva dentro de un diámetro de 60 kilómetros del parque. Los noticiarios dedican su programación por entero a lo que está sucediendo en Yellowstone.

El 23 de junio el estado de alarma se ha enfriado bastante en la opinión pública. El parque permanece cerrado, pero se oyen voces de empresarios y políticos pidiendo su reapertura. Los medios de comunicación se vuelcan en la noticia de un escándalo político. El día amanece tranquilo y caluroso. En el Observatorio de Yellowstone, que monitoriza con un equipo científico de refuerzo la actividad sísmica y tectónica del volcán al segundo, el responsable del turno de noche informa de un temblor de pequeña magnitud, 2,5, pero a una profundidad de apenas 7 kilómetros. El sismo se ha producido en el centro de la caldera, bajo el lago. Los sistemas hidrotermales siguen sin mostrar actividad alguna.

A las 12 de la mañana un becario, que se encuentra fumando en el exterior, llama a su supervisor. Le señala el cielo. Miles de aves abandonan Yellowstone en dirección sudeste, oscureciendo el cielo. No es época de migraciones. El supervisor llama por radio a los encargados de vigilar la actividad por todo el parque. Desde los puestos de observación se repite la misma noticia: los animales se mueven. Abandonan Yellowstone. El máximo responsable del observatorio descuelga un teléfono con línea directa a los asesores científicos del Presidente de los Estados Unidos.

Los animales no mienten: Yellowstone va a estallar.

El 25 de junio el silencio es aterrador, No se escuchan aves ni animal alguno. Los satélites informan que el lecho de la caldera se ha elevado diez metros en apenas 24 horas, pero en la orilla del lago ha bajado el nivel del agua casi tres metros. El olor sulfuroso impregna todo el parque, y queda un retén de voluntarios refugiados a 50 metros bajo tierra. La Guardia Nacional está evacuando a toda la población civil que vive en un diámetro de 90 kilómetros. La radio y televisión emiten mensajes institucionales recomendando a toda la población del oeste y centro de los Estados Unidos que se mantengan dentro de sus casas, hagan acopio de víveres y recojan las máscaras que el gobierno ha repartido por ayuntamientos y centros parroquiales. Si ven caer ceniza, no deben respirar al aire libre sin las máscaras. Es posible que no suceda nada, pero conviene estar preparados. En los mercados hay ya desabastecimiento de latas de alimento y envases de agua. Muchos han optado por intenta huir hacia la costa este, y en muchas carreteras el tráfico está colapsado. Empieza a faltar la gasolina.

El 28 de junio, a las 14:45, la caldera de Yellowstone finalmente colapsa. Un nuevo terremoto ha fisurado la corteza, prácticamente derretida por el inmenso calor, y los gases disueltos por efecto de la presión cambian súbitamente de fase, formándose burbujas que expanden al magma y elevan aún más la presión. Es una reacción en cadena que, en cuestión de segundos, libera una cantidad de energía inimaginable: más de 1.500 Km3 de materia incandescente explosiona en el mayor estallido que la Tierra haya presenciado en 70.000 años. Por un instante la corteza terrestre desaparece, hundiéndose decenas de kilómetros con un radio de 40 kilómetros. Es una herida abierta en el planeta, por la que sangra gas, polvo y roca. La erupción provoca que los miles de toneladas de agua del lago Yellowstone cambien súbitamente de fase por el contacto con las hirvientes entrañas de la tierra. Este hecho libera una inconmensurable cantidad de energía hidrotérmica en forma de explosión. La brecha que se abre es aún mayor: un enorme agujero de 70 kilómetros de diámetro libera toda la energía acumulada. Se ha dado el peor de lo escenarios posibles. La civilización humana está condenada.

En unos minutos muere todo rastro de vida en un radio de 200 kilómetros. De nada sirven refugios, provisiones o máscaras. Los mejor preparados podrán sobrevivir durante un tiempo, pero ya no pueden abandonar lo que será su tumba, aprisionados bajo metros de ceniza y roca.

La explosión barre el planeta a 1.200 kilómetros por hora. El estallido se escucha en todo el globo. El supervolcán inyecta gran cantidad de materia a las capas más altas de la atmósfera. En poco tiempo sobreviene una oscuridad de 24 horas. 2.000 kilómetros a la redonda del volcán la superficie se convierte en un páramo de ceniza de 3 metros de espesor. En menor medida, todos los EEUU, casi toda Canadá y buena parte de México se ahogan bajo la capa de polvo volcánico.

Las cosechas del primer productor de maíz y soja del mundo se pierden. EEUU no puede producir alimentos. Pero no es un problema que sólo afecte a Norteamérica: el polvo impide la llegada de luz solar, lo que inhibe la fotosíntesis. Las plantas mueren todo a lo largo del planeta. El hambre tarda muy poco en causar grandes estragos. Las reservas de alimentos son insuficientes para sostener a 6.000 millones de personas. Al cabo de pocos meses, miles de millones de seres humanos han fallecido.

Además, las temperaturas han bajado bruscamente, una media de 20 grados centígrados. El planeta entra en una era glacial, que no podemos combatir por la falta de suministro energético. La ceniza y las bajísimas temperaturas han obstruido, congelado e impedido el aporte de agua potable y gas a las casas, los vehículos no pueden circular porque los componentes de los motores se destrozan por los efectos de la ceniza. La aviación comercial sufre la acumulación de partículas, especialmente en las llamadas “corrientes en chorro”.

Este invierno de oscuridad y muerte durará al menos diez años. Una década sin cosechas, movilidad ni energía. Es una condena de la que no se puede escapar con vida.

Pero lo peor está por venir.

El supervolcán libera a la atmósfera enormes cantidades de dióxido de azufre (SO2). Este gas en la atmósfera suma otro átomo de oxígeno y se convierte en trióxido de azufre (SO3). Esta molécula se combina con agua (H2O), incorporando los dos átomos de hidrógeno y el átomo de oxígeno (H2SO4).

Del cielo llueve ácido sulfúrico.

Todo resto de vida expuesta a esta lluvia muere.

El escenario es terrible. Los océanos sufren la acción de la lluvia ácida, que ataca el ciclo de carbono. Los animales con caparazones mueren; es decir, casi todo el zooplacton que se encuentra en la base de la cadena alimenticia.

Hay más: la destrucción de Yellowstone ha provocado fortísimas réplicas sísmicas en los EEUU. Hay cinco centrales nucleares especialmente expuestas, situadas en zonas de alto riesgo sísmico. En todo el mundo existe riesgo de contaminación radioactiva. Los sistemas de control de las cientos de centrales nucleares no han previsto un escenario tan terrible.

No hay teléfonos móviles, televisión, transporte ni energía. Unas pocas miles de personas afortunadas sobreviven en refugios, mientras la mayor parte de la humanidad desaparece. La civilización basada en la tecnología nos ha hecho vulnerables. No sabemos hacer fuego, buscar agua ni tenemos nociones básicas de supervivencia. En un entorno apocalíptico, salir de casa es peligroso. Permanecer en ella, una condena a muerte. Pero las cadenas de producción son inútiles sin energía ni materias primas, y el desabastecimiento nos condena en apenas tres meses.

Las fuerzas del orden no son capaces de preservar el orden social. Proliferan los saqueos y ataques.

El derrumbe de la convivencia pacífica supone la muerte de la civilización.

Los humanos sobreviven, pero ya nada será igual. De un mundo poblado por 7.000 millones pasamos a otro con unos pocos centenares de miles.

Pasados diez años, en el 2034, tendremos que volver a empezar.


Coda:

Todo lo escrito hasta el 25 de noviembre de 2014 es absolutamente cierto. La pregunta es: ¿cuándo se producirá la erupción de Yellowstone? No podemos saberlo, pero todo parece indicar que no será un suceso próximo. Posiblemente, pasarán muchas generaciones hasta que alcancemos un nivel de auténtico riesgo. Incluso entonces, la erupción puede no ser tan catastrófica como la que describo.

Yellowstone no es el mayor peligro al que nos enfrentamos. Yo pondría en primer lugar el impacto de un gran meteorito. Sin embargo, el Centro de control de Yellowstone emite comunicados diariamente en tiempo real. Conviene estar atentos a las señales.

Vigilar. Aunque sea poco lo que podamos hacer.  

Antonio Carrillo

sábado, 22 de noviembre de 2014

El español en peligro: la variación diastrática


 

En los dos últimos ensayos he reflexionado sobre las variaciones diatópicas; las que se producen en función del lugar en que se habla y, muy especialmente, del fenómeno de “contaminación” del castellano por el idioma inglés.

Sin embargo, en mi opinión, el mayor peligro para el habla correcta proviene de nosotros mismos, de la llamada variación diastrática; es decir, de los “sociolectos” que se imponen en un mismo territorio sobre una base socioeconómica y, muy especialmente, cultural.

En efecto: su entorno cultural y económico determina la manera como se expresa. Porque la enseñanza del lenguaje es un proceso de asimilación que no puede escapar de tópicos, modismos y usos. Se nos cincela desde la cuna para integrarnos e identificarnos con un grupo.

Es importante diferenciar la variación diastrática de la diafásica; ésta última afirma que todos hablamos de distinta manera a lo largo del día, un lenguaje informal con los amigos y otro más cuidado en una reunión de trabajo. Sintaxis y léxico se acomodan a escenarios e intenciones; pero nuestro idioma es el mismo.  

La sociolingüística estudia la variación diastrática que, como hemos dicho, se fundamenta en razones sociales y culturales. Por decirlo crudamente, si el entorno social en el que creces y te educas fomenta la lectura y el uso de un habla variada, te expresarás mejor que si maduras en un hogar o una patria sin libros ni hábito de lectura. Un niño que ve leer a su padre lo más probable es que acabe leyendo, por mimetismo. Si, además, los progenitores le corrigen los errores que comete, el aprendizaje se adquiere sin esfuerzo, como un elemento más de la interacción social, siempre gratificante y necesaria. Si la educación desde pequeños centra sus esfuerzos en asentar una buena base de lectura y escritura, por encima de la simple memorización de conceptos, seremos capaces de desarrollar nuestro intelecto porque dispondremos de herramientas para hacerlo.

Quiero aclarar algo para que no haya lugar a malentendidos: El ámbito del lenguaje objeto de este artículo no es el denominado español culto, un idioma cuidado hasta el extremo por unas pocas inteligencias. No me refiero a un español exquisito y minoritario, sino a una lengua estándar no siempre perfecta, pero sí correcta en lo posible. Por lo que me pregunto, entonces, es por el español que habla el común de los ciudadanos, por nuestro conocimiento de la sintaxis y la riqueza de nuestro léxico, y por si se observan cambios en los últimos decenios.

Algo más que quisiera dejar claro es que voy a referirme a los sociolectos en España. Y ello por dos razones. Primero, es el ejemplo que mejor conozco; a otros países hispanohablantes sólo acudo de visita, lo que me impide pronunciarme con respecto a la influencia socioeconómica y educacional sobre el dominio de la lengua. En segundo lugar, porque en mis viajes por algunos países hispanohablantes sí he observado problemas de integración racial que afectan a amplios grupos poblacionales indígenas, a menudo hablantes de un idioma que no es el español. En este caso, el análisis sociológico adquiere matices significativamente diferentes. Además, la desigualdad en la distribución de la riqueza, así como la falta de seguridad jurídica y de igualdad de oportunidades en muchas (que no todas) las zonas hispanohablantes condiciona el estudio de la variación diastrática.

No lo impide; de hecho, posiblemente lo hace incluso más necesario. Pero el enfoque de este artículo necesita de unas condiciones de equidad. Mi sujeto de análisis lo constituye la población en general, no una minoría académica ni una marginalidad sin acceso a un sistema de educación pública de calidad. En definitiva, pretendo centrarme en el habla de lo que denominamos “clase media”.

La pregunta es: en un Estado Social de Derecho, con una economía (todavía) poderosa y servicios públicos (sanidad o educación) al alcance de todos, ¿cómo observo la deriva diastrática? La clase media, mayoritaria hoy en España, realmente cobró pujanza hace apenas unos 50 años; mucho más tarde, por ejemplo, que en Argentina. Pues bien, con unos índices de alfabetización actuales cercanos al 100%, con el libre acceso a la cultura (bibliotecas públicas) y una sobreexposición a la información y todo tipo de estímulos y entretenimientos ¿qué provecho hemos sacado de esta inusual bonanza?

De nuevo un inciso obligado. Estamos sufriendo una terrible crisis económica, la peor en 60 años. Y es probable que toda una generación quede irremisiblemente apartada de la senda de la esperanza. Con un tercio de la población pasando dificultades, hablar de primer mundo puede parecer un sarcasmo cruel. Sin embargo, vista España con perspectiva suficiente, el avance conseguido en los últimos 50 años no tiene parangón en toda nuestra historia, y es un caso tan excepcional que en universidades extranjeras se estudia como el “milagro español”. El que ahora pasemos por una pesadilla no debe nublarnos el juicio: España es un país sometido al embate de un horrible huracán, pero continúa asentado, por méritos propios, dentro del denominado primer mundo.

En este sentido, y ya que de socio-economía hablamos, hay tres índices que miden la bonanza de un país: El Producto Interior Bruto nos indica cuánta riqueza genera. Más importante resulta la Renta per Cápita, porque refleja el nivel de vida al que puede optar la población. Por ejemplo, España es pequeña si la comparamos con China, pero la renta per cápita de un español es 20 veces superior a la de un chino.

Un tercer índice mide la distribución equitativa de la riqueza. Es, en mi opinión, el índice más importante. Un país puede tener toda la renta concentrada en unos pocos, con grandes bolsas de marginalidad. Vallas y fusiles protegerán a su oligarquía de la justa ira de un pueblo  explotado que pasa hambre y no tiene acceso a una educación superior, mientras un puñado se aísla en paraísos edulcorados. Como alternativa viable, en la Europa de la postguerra se intentó crear un modelo de sociedad en la que el estado protege los derechos fundamentales gracias a un reparto igualitario de bienes, servicios y oportunidades, pero siempre respetando la propiedad privada, el libre mercado y la democracia representativa.

Naciones Unidas realizó un estudio al respecto que a muchos incomoda. Utiliza para ello el denominado coeficiente Gini. Cuanto mayor es el coeficiente, menos igualitaria es la sociedad. Cuando supera de hecho el valor de 0,40 la sociedad muestra una polarización importante entre pobres y ricos: unos pocos privilegiados acumulan la riqueza del país.

En todo el planeta el coeficiente supera el 0,60. Vivimos en un planeta muy poco igualitario. Noruega, Islandia, Suecia o Finlandia están a la cabeza de las sociedades más equitativas y rondan el 0,24. La Unión Europea se sitúa en una media del 0,30. España ha sufrido por la crisis este último lustro, y ahora se encuentra en un 0,35; pero el poderoso imperio de los EEUU, por ejemplo, alcanza un índice que sorprende: un 0,47.  La China comunista soporta un terrible 0,61. El gigante asiático tiene pies de barro, y la desigualdad puede provocar disturbios sociales en el futuro.

Porque no es de simples números de lo que hablo; tienen un reflejo pragmático incuestionable. España, por ejemplo, disfruta del segundo mejor sistema de salud pública del mundo, con un claro liderazgo mundial en trasplantes. En los EEUU, por ejemplo, si tu seguro médico no te cubre un tratamiento, te enfrentas a serios problemas: los precios de la sanidad privada están al alcance de muy pocos.  Y las familias ahorran durante años para poder pagar los estudios universitarios de sus hijos.

La crisis en España preocupa precisamente porque afecta al Coeficiente Gini. Y esto puede significar la destrucción de la clase media y del tejido productivo del país. Es una situación que se ha dado en otros lugares y momentos, y el mejor ejemplo lo tenemos en Argentina. A principios de siglo Argentina era la cuarta potencia económica del mundo. Todavía en 1975 su Coeficiente Gini era de 0,35. En la actualidad alcanza el 0,44, aunque llegó al 0,55 en el 2002. En Argentina la clase media y la seguridad jurídica fueron las principales víctimas de la crisis, con el arribismo de populismos y dictaduras.

Por cierto, Colombia (0,53), Chile (0,52), Ecuador (0,49), Perú (0, 48) o México (0,47) sufren igualmente una situación de franca desigualdad. Como excepción en el mundo de habla hispana, podemos citar los ejemplos de Uruguay y Nicaragua (0,34).

Pero volvamos al idioma.

En ocasiones los factores socioeconómicos no inciden tan negativamente en la educación. Tal es el caso de Argentina. A pesar de todo lo antedicho, el país del cono sur tiene un nivel de educación equiparable (si no mejor) al de España o cualquier otro estado similar. Creo que tiene que ver con su pasado próspero, del que perdura la conciencia de la importancia de la formación.

En España el proceso ha sido a la inversa. La España de principios de siglo XX era un país con serias carencias, especialmente en entornos rurales y deprimidos. El ideal ilustrado tenía por antagonista una sociedad civil muy cerrada en sí misma, piadosa y desengañada por un designio funesto del que apenas se culpaba. Era España un país provinciano, desencantado, y los intentos de elevar el nivel cultural de la población no fructificaron. La Institución Libre de Enseñanza, por ejemplo, una gran oportunidad, muere con la Guerra Civil.

Tras la dictadura del General Franco, España sufre una transformación asombrosa, que le permitirá situarse entre las doce principales economías del mundo. La sanidad es ahora universal y gratuita, la educación pública o subvencionada permite que los niveles de escolarización sean equiparables a los de Alemania, Francia o Reino Unido. Se crean decenas de universidades, públicas y privadas, y lo que antes era privilegio de unos pocos, alcanzar estudios superiores, ahora está al alcance de prácticamente toda la población. La generación que nace a finales de los 60 tiene una preparación sin parangón en la historia de esta vieja nación. La entrada en la Unión Europea allana la vetusta frontera pirenaica, y miles de estudiantes españoles aprovechan las becas Erasmus para estudiar en el extranjero.

Y, sin embargo, algo no va bien. Si bien la democracia trae consigo un régimen de derechos universales que proporciona servicios esenciales, la sociedad, como respuesta a un régimen autoritario de 40 años, responde de manera pendular, volviéndose muy permisiva. Se relajan las costumbres y se procura preservar la equidad como un valor que prevalece sobre el mérito.

El problema con los péndulos es que oscilan hacia los extremos. Del rigor, la memorización y la disciplina de nuestros padres pasamos a la banalización del esfuerzo y la pérdida de disciplina y, con los años, del respeto. La falta de autoridad en las aulas es hoy un problema acuciante. Y el nivel de exigencia, paupérrimo.

En parte es un problema de confianza: como no se cree en la capacidad de la ciudadanía, las cabezas pensantes del Ministerio de Educación planean temarios cada vez más esquemáticos y amables, espantados por un índice de fracaso escolar que supera el 30%. En vez de aprovechar la masiva afluencia a las clases para subir sustancialmente el nivel cultural y la adquisición de hábitos de estudio por parte de la nueva y mayoritaria clase media, se opta por desarrollar planes de estudios más y más pobres en contenido. Es un hecho: muchos jóvenes llegan a las universidades sin saber escribir correctamente y sin una mínima capacidad de análisis de texto. Desde el punto de vista diastrático, la sociedad iguala la lengua de todos rebajándola progresivamente. Se empobrece el lenguaje.

Los mercados y la sociedad en su conjunto nos educan, sí, como consumidores de una cultura rápida, sin apenas bagaje ni cultivo del gusto reflexivo. Es un falso igualitarismo: el reinado de la mediocridad disfrazada por ropajes audiovisuales e internautas. Tenemos más foros y oportunidades para expresarnos, pero hemos olvidado el habla con palabras justas. Empleamos un léxico escaso y rendimos la inteligencia bajo el yugo absurdo de un teléfono móvil que sólo permite emplear unas docenas de caracteres. Es la comunicación de hoy.

Toda la sociedad es partícipe de este debacle; no hay inocentes. Por ejemplo, la Real Academia se ve obligada a ceder para acomodar el español al uso bastardo que escuchamos o leemos incluso en los medios de comunicación. Con ello perdemos la importancia del matiz y la lengua se vuelve más ambigua.

Y con ella, nuestra mente también se olvida de sí misma perdida en la ambigüedad.

Necesito explicarme con un ejemplo. Utilizaré el verbo “explotar”.

“Explotar”, en el sentido de explosionar o estallar, hasta hace muy poco venía reflejado en el diccionario de la RAE como barbarismo. Por consiguiente, debía evitarse en lo posible.

“Explotar” proviene del francés exploiter, que significa “sacar provecho de algo”. En efecto, en su acepción original y certera “explotar” hace referencia al hecho de extraer de las minas su riqueza o sacar utilidad de un negocio o del trabajo de otros.

“Explotar” y “explosionar” son dos palabras que se parecen; supongo que por ello se produjo la confusión en el uso cotidiano. Sin embargo, el sustantivo que procede de explotar, “explotación”, remite sólo y exclusivamente a la acepción originar: “la explotación minera ha dado beneficios”. A nadie se le ocurriría decir “La explotación causó destrozos”. Debemos acudir a los verbos “explosionar” o “estallar”. “La explosión/el estallido causó destrozos”.

La RAE ha quitado el oprobio de barbarismo sobre “explotar” en el sentido de explosionar. No es incorrecto utilizarlo. Sin embargo, si tuviera que elegir, preferiría utilizar explosionar o estallar. Pero esta opinión concierne al español culto, y me comprometí a centrar mi discurso en el español estándar que hablamos la mayoría. En este sentido, el del uso común ¿qué podemos decir del verbo “explotar”?

La RAE era consciente de que “explotar”, en sus dos acepciones, podía provocar ambigüedad en el lenguaje. La frase “explotar una mina” contiene dos palabras polisémicas, “explotar” y “mina”. ¿Saco provecho de una excavación en búsqueda de minerales o estallo un explosivo?

Es por esto que la RAE tuvo cuidado en atribuir a “explotar”, sólo en su acepción de explosionar, el carácter de verbo intransitivo. Es decir, no puede tener complemento directo. Por consiguiente, la frase “El coche de Luis explotó esta mañana causando graves daños” es perfectamente válida, pero la construcción “Luis explotó el coche esta mañana causando graves daños” es incorrecta. No se puede decir ni escribir. La forma de salvar este impedimento es con el uso de una construcción causativa: “Luis hizo explotar su coche”. Pero en periódicos, televisión o radio constantemente se afirma que “el grupo… explotó un artefacto cerca de…”. Y está mal.

Esta frase no se puede construir en español estándar. No existe.

He utilizado un verbo muy común: explotar. Hay cientos, sino miles de ejemplos de un uso incorrecto de las palabras, de un idioma que tiende a una uniformidad bastarda. Hoy en día todo el mundo dice “extrovertido”, porque se asemeja a “introvertido”, pero su forma más correcta es “extravertido”. La raíz de la palabra se forma con el prefijo “extra”, no “extro”. Que la RAE haya tenido que admitir extrovertido me causa cierta pena. Está admitido y nada tengo que decir. Tan sólo expreso una opinión personal. Y nada digo de “vagamundo”, “murciégalo” o “almóndiga”. No hace falta, creo.

Pero que quede claro: mientras cedemos terreno al vulgarismo desde quienes tienen la obligación de fijar el idioma, el habla estándar se empobrece hasta extremos injustificables.

No pretendo que la gente conozca el significado de “protervo”, ni que “solapado” como adjetivo sea un sinónimo. “Perverso” o “malvado” sí son palabras de dominio público. Pero ¿”inicuo”? ¿Saben que también significa malvado? ¿Cuánta gente cree que significa lo contrario, inofensivo? ¿Cuánta lo confunde con “inocuo”?

“Con esto no termino, de cara a mis lectores, el debate”. (Una frase también incorrecta: “de cara a” no significa “ante”). Los ejemplos son interminables y todos nos equivocamos. No somos académicos ni lingüistas. Una vez más, no es del habla culta e impoluta de lo que hablo. Pero todos los días constato un empobrecimiento del español, un desconocimiento cruel de las normas de puntuación. Muchos jóvenes ingresan en la universidad sin haber adquirido una capacidad mínima de comunicación escrita o de análisis de texto. Es algo que los profesores nos dicen a menudo. Ayer mismo una profesora con 30 años de experiencia me confirmaba que estamos llegando a unos niveles preocupantes. Que muchos jóvenes no tienen la capacidad de transferir su pensamiento por escrito con un mínimo de orden o sentido.

Y, sin embargo, la España del 2014 no es iletrada. Una media del 63% de la población, muy especialmente mujeres, lee con asiduidad. Pero a los niños que ahora tienen 7 años, mientras  se les obliga a memorizar el músculo “esternocleidomastoideo”, apenas hacen dictados. Ni saben leer comprendiendo y asimilando lo que se dice.

El contenido de los manuales se encapsula en breves frases, señaladas en amarillo, que se memorizan. Con ello se aprueba el examen y se pasa de curso. Mucho se olvida enseguida, porque no hay herramientas cognitivas que permitan interiorizar el sentido de lo que se estudia. No se aprehende.  No se cultiva el saber. No se facilitan las herramientas básicas con las que conformar una mente inquisitiva, ordenada y lógica.

¿Les parezco catastrofista? En mi trabajo (en raras ocasiones, seamos justos) reviso escritos de universitarios cuya capacidad de expresión es incompatible con un aprobado en selectividad ¿Y creen que la culpa es de ellos? Hace diez años fui testigo de cómo un profesor le decía a un niño de ¡ sólo 5 años!: “no sé cómo no te esfuerzas en sacar mejores notas, con lo que les cuesta a tus padres este colegio”. Por supuesto, es una excepción: la gran mayoría de los maestros acuden a la llamada de una vocación, y acaban constreñidos  por unos programas educativos que les obligan a practicar una docencia que aborrecen. Porque los efectos son palpables, inmediatos y, me temo, irreversibles.

 
Ha bajado la calidad del lenguaje periodístico a unos niveles que causan vergüenza. La televisión ofrece horas y horas de emisión con un lenguaje vulgar al que se asoman millones de oyentes pasivos. La globalización de un mismo lenguaje vulgar nos iguala en la mediocridad insoportable. Los gobiernos se suceden y cambian constantemente los planes educativos, pero sin afrontar el problema de raíz. Uno acaba cayendo en una paranoia conspiranoica: ¿Acaso los gobernantes prefieren que sus gobernados se aborreguen para así poder guiarlos más fácilmente? No lo puedo creer. No lo quiero creer.

Pero que hemos bajado a niveles insoportables la cultura y la lengua es una realidad – creo – incontestable. Habrá quien me acuse de “apocalíptico”. Lo asumo. Es verdad que en toda generalización se cometen injusticias. Pero creo que la deriva social nos conduce a un páramo de pocas palabras, a un desierto yermo de adjetivos y adverbios. Yerto por el abandono y la falta de riego.

Se enseñan las preposiciones ¿Recuerdan la letanía? “a, ante, bajo, cabe, con, contra, de….” Sus hijos van a estudiar algunas nuevas: “versus” y “vía”. Pero me interesa la lista antigua, la que estudiamos todos: a, ante, bajo, cabe…

¿Qué significa la preposición “cabe”?

Nadie me explicó jamás lo que significaba “cabe”. Repetía la palabra, memorizándola, pensando que significaba “es factible”. Pero no. Y lo acabo de descubrir, hoy mismo, por casualidad. A mis 45 años.

La frase “el padre está cabe su hijo” ¿tiene sentido en español? Resulta que sí.

¿Cuánto me queda por aprender? Mucho. Todo, creo. Cuánto más sé, más dudas surgen. No puedo dar por cierto lo que leo y escucho. Cometo muchos errores cuando escribo. Lo asumo.

Pero al menos me expreso con claridad y se entiende mi mensaje. Soy capaz de desplegar un abanico de palabras lo bastante amplio como para matizar mi pensamiento y emplear un lenguaje no repetitivo. Intento encontrar la palabra justa en su justo momento, construyendo edificios de oraciones que se ensamblan en un todo armonioso. Empleo las comas para darle respiro a la palabra, para evitar su ahogo.

No es un esfuerzo muy grande. De hecho, es gratificante. Mi mente fluye a través de la palabra. El español es la herramienta que me permite asomarme a ustedes, compartir lo que soy. Me define.

¿No merece que lo cuidemos?


Antonio Carrillo