miércoles, 26 de febrero de 2014

De un barco de papel y una guitarra


 
 
Hoy ha muerto Paco de Lucía.

Tocaba la guitarra. Como nadie. Volaban sus dedos con la cadencia imparable del viento.

Tocaba la guitarra y ha muerto en una playa. Lejos de Cádiz, en la otra orilla del Atlántico.

Se nos ha ido un músico maravilloso, que derrumbó las fronteras del flamenco, abriendo su quejido al blues, al jazz. Su interpretación del Concierto de Aranjuez es maravillosa.

Les invito a escuchar este vídeo. Es una canción sobre la amistad. Paco de Lucía y Alberto Cortez.

Al final, se escucha la voz de Alberto:

“gracias Paco”

 

A mis amigos les adeudo la ternura
y las palabras de aliento y el abrazo;
el compartir con todos ellos la factura
que nos presenta la vida,

paso a paso.

A mis amigos les adeudo la paciencia
de tolerarme las espinas más agudas;
los arrebatos de humor, la negligencia,
las vanidades, los temores y las dudas.



Un barco frágil de papel,
parece a veces la amistad
pero jamás puede con él
la más violenta tempestad
porque ese barco de papel,
tiene aferrado a su timón
por capitán y timonel:
un corazón.



A mis amigos les adeudo algún enfado
que perturbara sin querer nuestra armonía;
sabemos todos que no puede ser pecado
el discutir, alguna vez, por tonterías.

A mis amigos legaré cuando me muera
mi devoción en un acorde de guitarra
y entre los versos olvidados de un poema,
mi pobre alma incorregible de cigarra.


Amigo mío si esta copla como el viento,
adonde quieras escucharla

 te reclama,
serás plural, porque lo exige el sentimiento
cuando se lleva a los amigos

en el alma.

 

Se nos ha roto una guitarra.

Y hoy, hace justo un año, a estas horas de la noche, moría mi padre.

Que era músico. Y de Cádiz.
 
Y al que llevo en el alma.

 

Antonio Carrillo.

sábado, 22 de febrero de 2014

Ácido Clavulánico




El otro día me preguntaba… ¿qué criterio  me ayudaría en la tarea de señalar al individuo más importante para la humanidad? Tendría que dejar religiones o creencias al margen, porque la elección de Jesús, Mahoma o Buda excluiría a una parte de la especie humana que no comparte su credo.
El criterio tendría que ser otro. Universal.

¿Por qué no el número de vidas salvadas? ¿Qué persona ha hecho más por salvar de la muerte a sus semejantes? Lógicamente, alguien cuya contribución a la ciencia médica haya supuesto la supervivencia de cientos de millones de personas enfermas.

Y, en este caso, el nombre surge de inmediato: Alexander Fleming.
¿A cuántas personas habrá salvado de la muerte la penicilina y el resto de antibióticos? A muchos cientos de millones, estoy seguro. La esperanza de vida de nuestra especie se ha disparado a niveles nunca vistos gracias a dos factores fundamentales: la potabilidad del agua y la posibilidad de luchar contra las infecciones bacterianas. Piénselo: cuánta gente conoce que haya tomado penicilina para curarse de una infección de garganta, de oídos, venérea, pulmonar o de orina? No hace mucho, la gente moría de tuberculosis, o ahogados por una faringea. La mortalidad infantil era altísima, también entre las parturientas, y aunque la enfermedad no te matase y el sistema inmunológico saliese vencedor el cuerpo quedaba herido, debilitado.

Pero la penicilina es muy reciente. Se descubrió en 1928, y no se produjo industrialmente hasta 1941, cuando se hizo necesario luchar contra las heridas causadas por la Segunda Guerra Mundial.

Cierto. Pero al número ingente de personas que contrae enfermedades infecciosas a lo largo de su vida (una proporción que debe ser altísima) se suma el enorme crecimiento demográfico de los últimos 100 años.

Los antibióticos actuales pueden curar las potenciales infecciones de 6.000 millones de seres humanos. 

Todo el mundo sabe que la penicilina es un hongo que mata a las bacterias. Por ello se llama antibiótico. No sólo destruye las bacterias dañinas: la ingesta de un antibiótico disminuye la cantidad de bacterias del tracto intestinal, lo que provoca a menudo la aparición de diarreas. También es conocida la anécdota de que Fleming la descubrió debido a sus hábitos descuidados: la descomposición de una sustancia orgánica por la falta de limpieza supuso la aparición del hongo milagroso. El mérito de Fleming fue descubrir que en la superficie que alcanzaba el hongo se habían destruido las bacterias.



Personalizamos en Fleming el descubrimiento de la penicilina, pero lo cierto es que, como en tantas otras facetas de la ciencia, lo justo sería nombrar a otros investigadores anteriores y posteriores al médico escocés. Sin embargo, Fleming ocupa un lugar preminente por derecho propio no sólo por el descubrimiento en sí.
Lo que hace grande a Fleming es la manera como actuó tras el descubrimiento.
Imagine que descubre y patenta la cura definitiva al cáncer. Por supuesto, tal descubrimiento le hará inmensamente rico. La industria farmacéutica le pagaría miles de millones de dólares, y una participación en los beneficios derivados de la producción.
Algo similar supone el descubrimiento de la penicilina. De repente, la tuberculosis, que mataba a reinas y plebeyos, las heridas de guerra o las enfermedades infecciosas infantiles tenían cura. ¿Cuánto puede valer un descubrimiento de este calibre?



En el caso de Fleming, nada. En un ejemplo de altruismo que lo ennoblece, Fleming renunció a patentar el descubrimiento. Sabía que ello restringiría el libre acceso a la medicación, que sería objeto de negocio. Simplemente, puso sus investigaciones a disposición de toda la comunidad científica, y no patentó ni se apropió de la penicilina.
Por ello cito a Fleming; no sólo porque salve cientos de miles de vida en el planeta todas las semanas. Su gesto también merece un reconocimiento póstumo. Y lo digo con toda la intención, hoy en día, cuando millones de personas infectadas por el virus del SIDA no tienen acceso a la medicación que les permite sobrevivir.

En estas cosas pienso mientras preparo un frasco con un antibiótico: amoxicilina. Pablo tiene faringitis y fiebre.
El caso es que la medicación que le suministro no se compone sólo del antibiótico. También incluye una sal de potasio: clavulanato de potasio o ácido clavulánico. Lo habrán visto muchas veces escrito en la caja y el prospecto.
¿Nunca se han preguntado por este componente químico? No es un excipiente. Interactúa con el antibiótico y lo hace más eficaz ¿Por qué?



La molécula del ácido clavulánico tiene una estructura química casi idéntica a la de una enzima llamada betalactamasa. Esta enzima la producen algunas bacterias para poder romper un anillo (el anillo betalacmático) que rodea los antibióticos, con lo que logran desactivar la acción antibacteriana del medicamento. Es una estrategia defensiva reciente, y muy eficaz: las bacterias han desarrollado un sistema capaz de desarmar a los antibióticos, por lo que resisten al ataque con su muralla indemne.
Esto es un problema enorme: supone que gran número de patógenos se han adaptado y son resistentes a los antibióticos. Pero los químicos han ideado un arma sutil y efectiva. Los antibióticos acuden a la batalla acompañados por unos aliados extraños: las moléculas de ácido clavunálico.
Hablamos de comandos camuflados, disfrazados como el enemigo y con un espíritu de sacrificio encomiable: son guerreros suicidas. El ácido clavulánico se infiltra entre las filas enemigas y se une en abrazo fraternal a la enzima betalactamasa, el arma secreta de las bacterias, que lo acoge como a un hermano.

Aparentemente, es igual a ella ¿Por qué desconfiar?

Este gesto altruista inhibe la acción de la enzima, la desactiva, por lo que acaba siendo destruida.
 
 
Sin su arma definitiva, las bacterias ven como su muralla (su pared celular) cae ante el embate de los antibióticos, que ganan la batalla
La próxima vez que preparen un frasco con amoxicilina, piensen en ese componente extraño que lo acompaña: el ácido clavulánico.
Un valiente guerrero que se sacrificará en la silente batalla que se libra en su interior.

Antonio Carrillo

viernes, 14 de febrero de 2014

INTENTANDO ARROJAR LUZ SOBRE EL PRINCIPIO DE NO CONTRADICCIÓN (PARTE II) Artículo de Roberto Daniel Crema




Artículo de Roberto Daniel Crema


Antes de continuar considero necesario dejar en claro que el significado de la palabra ambigüedad tiene en mi mente una connotación natural, despojada de toda crítica o postura clasificatoria de cualquier índole frente a una observación. De acuerdo a mi forma de ver la vida, es ésta misma la que nos lleva por una dualidad a veces provocada por nuestro comportamiento, a veces inducida por terceros, a veces fruto de la biología, y a veces, solo por azar o lo que los religiosos le llaman destino.

LAS LIMITACIONES DE BERTRAND RUSSELL

Para Russell, la inteligencia era el máximo de sumisión posible de la psicología a la logística. En ésta declaración, el pensador dividía al pensamiento y a las actitudes mentales del hombre en dos, en lógico y en psicológico. Lo primero tenía que ver con el intelecto (según él, despojado de sentimientos) y lo segundo (aparentemente para mi interpretación porque el filosofo en cuestión no se ha explayado en sus obras en éste tema) tenía que ver con los sentimientos en sí mismos y desarticulados de toda razón.

No pretendo aquí, psicoanalizar a un pensador, sin embargo, si desmenuzamos la frase de Russell en partes claramente divisibles, nos vamos a acercar a una ambigüedad en su raciocinio. Ambigüedad que, como profundizaremos más adelante en éste capítulo,  acompañó a todo el desarrollo de su pensamiento y a la mayoría de los filósofos de su época. Las palabras “máximo de sumisión”, implican un conjunto de interpretaciones muy variadas, de acuerdo al lector. Siendo éste un pensador que tanto se aferraba a la lógica, la concepción difusa de ésta división, significaba ya que en su mente existía todo un abanico de combinaciones posibles entre “su definición de intelecto” y “su definición de sentimiento”. Está claro que al expresarse en términos de “máximos” estamos dejando deslizar que consideramos la existencia de mínimos e intermedios. También está claro que al utilizar la palabra “sumisión” estamos abriendo un universo de posibilidades de interpretaciones culturales, tradicionales, educativas y profesionales.

Russell también utiliza en su frase la palabra “posible”. Ésta, también posee un universo casi infinito de interpretaciones en el mundo del comportamiento humano.

En los albores de éste capítulo (parte I), dejábamos bien claro que tanto la concepción lógica de Leibniz como la de Avicena, y ahora la de Russell, eran erróneas desde el punto de vista de la realidad del comportamiento de un “ser” humano. ¿Que se pretende con esto?, ¿anular todos los pensamientos filosóficos históricos?, ¿refundar la filosofía? Por supuesto que esos no son mis motivos.

EL “PROGRESO” DE LA INTELIGENCIA



“Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar.” Hipatia de Alejandría

Luego de leer a varias escuelas de pensamiento y estudiosos del tema, creo que existen tantas definiciones de la palabra inteligencia como intentos ha tenido cada escuela. Russell, el círculo de Viena, Marbe, Selz, Bühler, Claparède, Meyerson, Spearman, Rignano, Mach, Guillaume, Piaget, D.k. Adams, Hull, Tolman, y la lista sigue casi hasta el infinito. En principio, me preguntaba ¿cómo definir el progreso del pensamiento humano sin pasar por la descripción de inteligencia?, y luego me pregunto si es necesario relacionar el progreso del pensamiento humano con los principios filosóficos, ¿pueden estos “progresar”?, y finalmente, debido a que no puedo evitar esquivar los términos inteligencia y evolución, ¿cómo puedo hablar del progreso sustantivo de un término que aún no ha sido definido científicamente?.

La diferencia entre juicio y prejuicio.
Para continuar hablando de esta aparente incongruencia, primero deberemos introducirnos en la acción de los juicios. Los juicios son veredictos, con ellos creamos una nueva realidad, pero debemos tener bien en claro que la germinación de esta realidad es fruto de la interpretación exclusiva de quien emite el juicio. La emisión de un juicio no nos obliga a proporcionar evidencia, esta ya ha sido analizada o salteada. Cuando decimos “esto es lindo”, no estamos haciendo otra cosa más que expresar nuestro punto de vista. La influencia social de quien emite el juicio dependerá de su credibilidad.

Ahora bien, si nos exteriorizamos o pasamos a actuar en consecuencia con nuestro juicio, estamos llevando adelante una acción que se denomina pre-juicio. Pero si emitimos un juicio en silencio, y en lugar de actuar en consecuencia comenzamos a “tantear” la situación dejando abierta toda posibilidad de habernos equivocado en nuestra interpretación, estamos emitiendo internamente un prejuicio.

Hermenéuticamente hablando, Los prejuicios son condición de posibilidad de toda comprensión.  Todos tenemos prejuicios y éstos son nuestro punto de partida de cualquier proceso comunicativo o interpretativo. En este sentido son necesarios para nuestro día a día. La ironía que muestra Gadamer (padre de la hermenéutica filosófica contemporánea) es que como tales son siempre susceptibles de revisión y cambio. De hecho, tal y como lo muestra Gadamer en "Verdad y Método", los prejuicios siempre cambian en todo proceso de comprensión. Muy diferente a pre-juicio, donde la posterioridad ya no dejará espacio alguno para cambio y/o evolución. Ej: Si nos encontramos en una exposición de arte y expresamos “esto es lindo”, las personas que lo escuchen solo podrán aceptar, dejar pasar, o rechazar nuestro juicio. En cambio si lo pensamos para nuestro adentro y luego nos acercamos a otro espectador y le pedimos su opinión, seguramente nuestra interpretación inicial se verá afectada, sin haber corrido riesgo alguno de provocación más que el de nuestro intelecto. En el ejemplo, la primera acción es un pre-juicio, la segunda, un prejuicio.

Si emitimos un prejuicio y decidimos avanzar en la búsqueda de la verdad, de forma abierta y receptiva, lo que estamos haciendo es incrementar nuestro conocimiento, es decir, nuestro intelecto. Con esto no quiero decir que conocimiento sea igual a intelecto, quiero decir que a pesar de la enorme cantidad de definiciones de inteligencia, la mayoría de los autores coinciden en que el conocimiento es parte importante en la toma de decisiones razonables. Mientras más conocimiento busquemos, y más capacidad de almacenamiento le dediquemos a nuestros resultados, nuestras decisiones se encontraran intelectualmente más arriba de la media estándar normal. Si todos pudiésemos adoptar éste ejercicio, la media normal será móvil y creciente. Lo cual resulta un buen ejercicio para la evolución social practicar el ciclo cerrado prejuicio-busqueda-reflexión-comunicación-reflexión-almacenamiento-prejuicio. En éste ciclo cerrado, y en mi humilde opinión, socialmente virtuoso, he insertado dos veces reflexión, porque considero que en la comunicación debe tener mucho más peso el “oír” que el “hablar” para comunicar los resultados de la primer reflexión.

Vulgarmente hablando, el prejuicio permite la estructuración del pensamiento luego del tanteo. Thorndike, realiza un estudio científico donde pone diferentes animales en un laberinto. Al observar la forma en que los animales van eliminando los ensayos fallidos para solo quedarse con los correctos hasta llegar así a la meta, deriva en una ley que se denomina “ley de efecto”. Claparède profundiza esta idea y desarrolla lo que se llama “génesis de la hipótesis”. Como se conduce el sujeto en presencia de nuevas circunstancias?, sencillamente el sujeto tantea. Este proceso puede ser solo sensorio-motriz o el más profundo ensayo del pensamiento. Independientemente del método, el objetivo siempre será el mismo, encontrar soluciones a un problema, o interpretaciones a algo que desconocíamos.

Mi hipótesis frente a la definición de “inteligencia” y en sintonía con Feyerabend, es que la inteligencia posee una definición móvil in crecente, conforme el ser humano va adquiriendo y transmitiendo nuevos conocimientos de generación en generación. Feyerabend expresaba,

La versión refinada de un mito, admite la influencia de una representación consciente, [….] ya no tenemos una variable independiente como la “realidad” que determinará el pensamiento, y la percepción de los hombres, sino, una serie de influencias, como las que ejercen el lenguaje, los medios de expresión artística, la estructura social, la percepción misma, y las emociones, que actúan unas sobre otras y cuya relación momentánea solo de manera insuficiente pueden captar los conceptos presentes. [……] Mientras que la ciencia euclídea emplea círculos, cuadrados, líneas, y puntos para describir al mundo, los creadores de mitos se sirvieron de conceptos sociales y biológicos contando la historia de manera gráficamente representativa mediante arcos, flechas, soles, lunas, animales, flores, y fuegos.[……] en contraste con la versión ingenua, se admite que hasta los hechos más sencillos eran interpretados y modelados. […..] El mundo aparece en esos primeros pensadores, realmente como un “tú” y no como un “eso”; el cielo es un “libro de estampas”, y no un “libro de cuentos”; cada fenómeno descrito  “existe, es algo percibido”, y como tal, tratado.[…..] Se convierte así la representación mitológica en una realidad, no en un simple juego de símbolos.”

En continuidad, que Aristóteles haya estudiado profundamente y defendido la esclavitud, o que Russell haya obviado la ambigüedad de la psiquis humana en sus definiciones, no significa que no hayan sido inteligentes, dado el alcance social de sus pensamientos, solo significa que su nivel de intelecto estuvo por encima de la media normal para sus respectivas edades contemporáneas.

En el otro extremo, matar lo que no se entiende como mecanismo de defensa es una acción “grabada” en nuestros genes en pos de la supervivencia natural desde que el hombre comenzó a caminar erguido. Según Feyerabend, el ser humano desata este mecanismo en todos los ámbitos de la vida (social, educativo, grupal, de trabajo,...), y comienza solo con un pre-juicio; es decir, es un juicio emitido sobre un acto o situación, de lo cual tenemos poco de conocimiento y mucho de intuición, pero condenamos con acucia y para la eternidad. Mientras más razonable es una persona, más reflexivo se comporta, más anula sus instintos y pre-juicios, y más se preocupa por informarse antes de emitir un juicio. En éste principio se basa la eliminación de dogmas y acciones devenidas fruto de la ignorancia. A veces falla la presión evolutiva, a veces falla la escuela (entiéndase por escuela, el todo educativo de una persona, desde la familia hasta la universidad), pero nunca dejaremos de fallar mientras seamos humanos. Según Jean Piaget, no nos deben preocupar tanto los errores como la falta de reflexión. La presión evolutiva se logra en la comunicación, y según Jung, la simbología es la herramienta más eficiente en éste proceso.

Revalidando a Thorndike y Claparède creo que el hombre va progresando en su “SER”, íntegro incluido su intelecto, fruto de las presiones evolutivas.

Poniendo un ejemplo en el otro extremo, hace unos años, un obispo de Argentina, declaraba que utilizar el profiláctico era terminar con vidas humanas, por eso lo consideraba abortivo, y una responsable de una institución dependiente de la iglesia católica Española declaraba que se debía prohibir la masturbación por el mismo motivo. Esto demuestra que en un ambiente donde la mente no es sometida a presión del razonamiento (si un animal no es introducido en un laberinto, no siente obligación alguna de evolucionar intelectualmente) de la forma que pueden ser los claustros o las sectas, la regla de evolución intelectual queda anulada, e incluso a veces, invertida.


LAS AMBIGÜEDADES DEL MUNDO FÍSICO Y EL MODELAJE DEL COMPORTAMIENTO HUMANO.

Mientras más se acercan las expresiones matemáticas a la realidad, menos ciertas son. Mientras más cerca estén de la certidumbre, menos referidas a la realidad se encuentran”. ALBERT EINSTEIN.

Tal como lo veníamos expresando, Bertrand Russell tuvo limitaciones científicas a la hora de definir el pensamiento humano. Limitaciones fruto de dos puntos importantes, i) el nivel científico devenido de la época donde se pretendía aproximar el comportamiento humano a la lógica clásica y lineal, ii) la falta de aceptación científicamente masiva en la ambigüedad y la complejidad del comportamiento humano. Las ecuaciones matemáticas y la lógica de aquella época eran lineales. Nada más alejado esto, del comportamiento humano promedio. Pero casi como un presagio, Russel expresaba en su ensayo de “Investigación sobre el significado y la verdad”,

Todos partimos de un realismo ingenuo, es decir, de la teoría de que las cosas son lo que aparentan, [….] Si hemos de creer a los físicos, el observador convencido de que está observando una piedra, lo que observa en realidad son los efectos que la piedra produce sobre él. De esta suerte, la ciencia parece estar en guerra consigo mismo: cuando más objetiva se cree ser, se encuentra sumida, contra su propósito, en la subjetividad. El realismo ingenuo conduce a la física, y ésta, si es verdadera, demuestra que el realismo ingenuo es falso. Por lo tanto, si el realismo ingenuo es verdadero, es falso, y por consiguiente, el conductista que piensa estar registrando observaciones del mundo exterior, esta registrándolas, en realidad, de lo que ocurre dentro de sí mismo, […….] este examen crítico se denomina teoría del conocimiento o epistemología,  […….] el problema de la epistemología no es ¿Por qué creo yo esto o aquello?, sino, ¿Por qué tengo que creer yo esto o aquello?”.

Seguramente la primer reacción del lector será “bueno, entonces no creamos en nada”, o, “bueno, entonces nada de lo dicen los científicos es verdad”, o, “bueno, entonces ¿ni yo existo?”. Pido al lector trate de evitar emisión de juicio hasta el final.

Algo muy similar sucedió con Nietzsche que en su obra “Más allá del bien y del mal” expresaba,  

“Sigue habiendo cándidos observadores de sí mismos que creen que existen «certezas inmediatas», por ejemplo «yo pienso», o, y ésta fue la superstición de Schopenhauer, «yo quiero»: como si aquí, por así decirlo, el conocer lograse captar su objeto de manera pura y desnuda, en cuanto «cosa en sí», y ni por parte del sujeto ni por parte del objeto tuviese lugar ningún falseamiento. Pero que «certeza inmediata» y también «conocimiento absoluto» y «cosa en sí» encierran una contradictio in adjecto?, eso yo lo repetiré cien veces: ¡deberíamos liberarnos por fin de la seducción de las palabras! Aunque el pueblo crea que conocer es un conocer-hasta-el-final, el filósofo tiene que decirse: «cuando yo analizo el proceso expresado en la proposición `yo pienso' obtengo una serie de aseveraciones temerarias cuya fundamentación resulta difícil, y tal vez imposible, - por ejemplo, que yo soy quien piensa, que tiene que existir en absoluto algo que piensa, que pensar es una actividad y el efecto causado por un ser que es pensado como causa, que existe un ‘yo’ y, finalmente, que está establecido qué es lo que hay que designar con la palabra pensar, - que yo sé qué es pensar. Pues si yo no hubiera tomado ya dentro de mí una decisión sobre esto, ¿de acuerdo con qué apreciaría yo que lo que acaba de ocurrir no es tal vez `querer' o `sentir'? En suma, ese `yo pienso' presupone que yo compare mi estado actual con otros estados que ya conozco en mí, para de ese modo establecer lo que tal estado es: en razón de ese recurso a un `saber' diferente tal estado no tiene para mí en todo caso una `certeza' inmediata.» - En lugar de aquella «certeza inmediata» en la que, dado el caso, puede creer el pueblo, el filósofo encuentra así entre sus manos una serie de cuestiones de metafísica, auténticas cuestiones de conciencia del intelecto, que dicen así: «¿De dónde saco yo el concepto pensar? ¿Por qué creo en la causa y en el efecto? ¿Qué me da a mí derecho a hablar de un yo, e incluso de un yo como causa, y, en fin, incluso de un yo causa de pensamientos?» El que, invocando una especie de intuición del conocimiento, se atreve a responder enseguida a esas cuestiones metafísicas, como hace quien dice: «yo pienso, y yo sé que al menos esto es verdadero, real, cierto» - ése encontrará preparados hoy en un filósofo una sonrisa y dos signos de interrogación. «Señor mío», le dará tal vez a entender el filósofo, «es inverosímil que usted no se equivoque: mas ¿por qué también la verdad a toda costa?»”.

Tanto Heráclito como Nietzsche entendieron que para comprender a los seres humanos debemos concentrarnos tanto en su “ser” como en lo que no son, al mismo tiempo que debemos observar como participa éste en su proceso de continuo devenir. Para Nietzsche, “ser” humano puede comprenderse como un proceso en el que estamos permanentemente huyendo de la nada, mientras que al mismo tiempo, somos impulsados hacia ella, hacia el “sin sentido” de la vida misma, auto induciéndonos la necesidad de regenerar constantemente un sentido. Para Heráclito, estamos en un proceso de flujo constante como lo hace un río. Un río siempre envuelve esta tensión entre lo lleno y lo vacío, entre el ser y el no ser.

Un reconocido biólogo y autor de diferentes ensayos de biogénesis lenguaje, acción y pensamiento como Maturana, expresa que todo lo dicho siempre es dicho por alguien, y en lo posible, no debemos esconder al orador tras la forma del lenguaje. Esta es una trampa que permanentemente nos tiende nuestra comunicación permitiéndole a la persona que habla, esconderse detrás de las palabras. Podemos llegar así a mencionar el primer principio de ontología del lenguaje,

1)                 No sabemos cómo son las cosas.
2)                 Solo sabemos cómo las observamos o interpretamos.
3)                 Vivimos en un mundo interpretativo.

Vamos a intentar clarificar estas afirmaciones con un ejemplo literal. Ej: No hay límites exactos en el espectro visible, pero un típico ojo humano responderá a longitudes de onda desde 400nm a 700 nm. Se le llama un espectro visible a la región del espectro electromagnético que el ojo humano es capaz de percibir. A la radiación electromagnética en este rango de longitudes de onda se le llama simplemente luz. Un ser superior vestido en un traje que emite un espectro electromagnético fuero de nuestro rango de espectro visible, tranquilamente podría pasar desapercibido por nosotros (al menos en materia visual).


Una abeja, posee un espectro visible diferente al nuestro tal como lo indica la siguiente figura.


Por lo tanto, las abejas “ven” a las flores y al agua dentro de una piedra, de una forma muy diferente a la nuestra. Incluso muchos insectos, dada esta particularidad, pueden “ver” la temperatura de un objeto sin necesitar la cooperación del tacto para confirmarla. Cabe aclarar fundamentalmente, que cada ser humano posee su propio espectro visible, por consiguiente, la interpretación del color de un objeto, dependerá de cada ser humano en particular.

Profundizando en materia de percepción, según Hartmann, la base de toda definición verdadera, merecedora del nombre, es la unidad de una sinopsis todavía más amplia, como se tiene en toda “teoría” bien cimentada. Una consecuencia de esta tesis es la movilidad del concepto, considerado siempre injustificadamente como una forma estática. Con todo, Hartmann[1] no llega a la experiencia del “estado de relación excepcional de la conciencia” durante el cual, en la observación del pensamiento por encima del contraste sujeto-objeto, se capta lo que Steiner llama el “mundo uno de las ideas”. Aquello es tanto más lamentable cuando se admira grandemente su faena pionera de la cuádruple gradación ontológica de la realidad, es decir, inorgánico, orgánico, anímico y espiritual. Pese a ciertas imperfecciones susceptibles de enmienda, se pueden trazar relaciones fecundas con las realidades de lo físico, etérico, anímico y espiritual, investigadas y descriptas por Steiner décadas antes. Según Hartmann, cada nivel superior descansa siempre en el inferior, que es siempre el más fuerte. Pero el superior le imprime una forma más elevada, le agrega un elemento nuevo, un “novum” y, por consiguiente, tiene cierta libertad con respecto al inferior. En cambio, según Steiner, los niveles inferiores son transformados por los superiores; en el sentido de los conceptos aristotélicos de materia y forma, se convierten en materia para los superiores que, en esa actividad formatriz, también son más fuertes.

Yuxtaponiendo a Russell, Nietzsche, Steiner, Hartmann, Piaget, Maturana, con el principio de tanteo, error, selección y reflexión de Thorndike y Claparède (ley de efecto), podemos llegar a dos conclusiones,

1)      El hombre nunca tendrá un comportamiento lineal, continuo, permanentemente reversible y repetible, excepto que posea una imposibilidad mental compuesta y compleja.

2)      Dos personas (aún bajo el ideal de que sean biológicamente idénticas), no pueden copiar, repetir y/o reproducir exactamente el mismo comportamiento, el mismo pensamiento, y la misma percepción al mismo tiempo.

Estas dos afirmaciones, imposibilitan de raíz el modelaje del comportamiento humano mediante ecuaciones lineales. Por consiguiente, el principio de no contradicción no solo es inviable desde el punto de vista psicológico como afirmaba Piaget, sino que a su vez, también desde el punto de vista biológico dicho principio se convierte en el ideal imaginario de los fanáticos o dogmaticos.




[1] . (H. Büchenbacher: Experiencia y pensamiento en los cuatro niveles de la realidad. Actes du 2. Congr. Intern. de L’Union Intem. de Philos. de Sciences., Vol. 4, Zürich, 1954, Neuchatel, 1955).


Roberto Daniel Crema es ingeniero y gerente de RDC

miércoles, 12 de febrero de 2014

Globos en el cielo



Hoy, 12 de febrero, mi padre hubiese cumplido 78 años. Pero falleció hace casi un año.

Le habríamos regalado vino, un libro sobre críticas cinematográficas. Una sinfonía de Malher.

Hoy mi padre no se ha quedado sin regalos. Y creo que le han gustado.

Su nietos (sólo faltaban Alejandro y Jacobo) han escrito en globos de helio mensajes para su abuelo.

María le ha escrito que le quiere mucho.

Alvaro le ha escrito que le quiere.

Guillermo ha escrito “un beso, abuelo”.

Pablo no sabemos muy bien lo que ha escrito. Pero ha estado un buen rato, concentrado.

Ana, con 3 años, ha escrito “Ana”. Quería que el abuelo supiera que el globo verde era el suyo.


Nos hemos subido a la terraza de la casa de Mamá. El Palacio Real enmarcaba la escena con una nube pálida. Estaba atento a lo que pasaba.


Los niños han  soltado los globos, que han volado juntos hasta desaparecer.

Después, nos hemos ido a tomar algo.


Hoy mi padre ha cumplido 78 años, estoy convencido.

Y no se ha quedado sin regalo.


Antonio Carrillo



El sentido de la vida



Nietzsche resumió en cinco palabras todo el sentido de la vida.

Cinco. No le hicieron falta más. En una oración sencilla. Sujeto, verbo y predicado. Pero cuando mascullamos su significado se nos agita el cerebro durmiente. Hay algo más.

Hay mucho más.

"Conviértete en lo que eres"


La frugalidad de la vida convierte esta línea breve en un grito, en una admonición ineludible. No cabe mirar hacia otro lado, ni hacerse el distraído. Es a mí a quien Nietzsche se dirige.

A usted ahora. Lo nota en lo más profundo. Le incomoda.

Y con el paso de los años es peor.

Nietzsche fue el último filósofo griego, heredero de una tarea dolorosamente ineludible: la de situar al hombre bajo el foco, inmisericorde, de la intuición.

Lo pagó muy caro.

Habrá otro momento más de lucidez. A principios del siglo XX un inglés pobre y de baja estatura inventa a un personaje que hará de su silencio un clamor. Frente a la despersonalización y la apatía frenética, este peregrino sin rumbo claro lucha (y se derrota) contra molinos mecánicos.

Es un vagabundo, de raído frac y añejo sombrero, de bastón cimbreante y andares imposibles. Caballero andante del humor, cortés hasta el absurdo. Patético.

“Patético” significa que conmueve enormemente.

Años más tarde Abraham Maslow descubrirá que sólo un 1% de la población está mentalmente sana. En lo fundamental.

En lo que denomina autorrealización.

Mientras el resto de los psicólogos escudriñan entre la enfermedad, Maslow se pregunta por la salud. Por la calma y la paz interior que acalla el estruendo cotidiano.

Por la plenitud de llegar a ser.

En un cuento de Tagore un niño enfermo se asoma al cristal de la ventana, y mira el horizonte. Hay una colina, y no se vislumbra lo que hay detrás. Quiere ponerse bueno para poder caminar. Para atravesar esa y todas las colinas.  

Yo, como él, querría caminar. De la mano de un vagabundo. Sin rumbo fijo.

Hacia mí mismo.


Antonio Carrillo

lunes, 10 de febrero de 2014

Sobre la educación y la palabra


Dedicado a mi padre.

A lo largo del mundo hay aulas techadas o descubiertas, ágrafas o en las que reina la palabra escrita, humildes o aristocráticas. Basta una hoguera en la que se relatan mitos o un padre enseñando los rudimentos de un oficio. Es de enseñanza de lo que hablo. De aprender.


Hay más escuelas que cuarteles, más estudiantes que soldados. En este cuerpo rocoso, que deambula alrededor de una estrella, millones de mentes se descubren al milagro de la lectura, y voces mil años muertas renacen con una intensidad inaudita. La inmortalidad encuentra refugio en los estantes de cualquier biblioteca. Un niño que aprende a leer adquiere, así, el más fascinante de los dones.

En las aulas se acumulan, con el tiempo, invisibles pedazos del alma desgastada, porque tanta energía tiene un coste. No sólo el alumno trabaja; los maestros se esmeran en moldear unas mentes inquietas e intensamente receptivas. Pocos oficios se me ocurren más importantes y difíciles. Los profesores, escultores de la imaginación, deben sembrar la semilla de la curiosidad.

Y, por desgracia, jamás verán sus frutos, ni serán reconocidos por ello. Año tras año decenas de alumnos pasan por una misma aula, y son sustituidos por otros, y luego por otros tantos. No se puede guardar recuerdo de todos ¿O sí? El profesor envejece en su atril remozado; y acaba siendo olvidado.

Teognis de Mégara, un poeta poco conocido de hace 2.500 años, lo dejó dicho, con un profundo poso de melancolía en sus palabras:

  

"Te he dado alas con las que puedas volar sobre tierras y mares. En todas las fiestas y banquetes te verás en la boca de la gente. Encantadores jóvenes cantarán tu nombre a la música de las flautas. Y aún después de tu descenso al Hades seguirás caminando por Hellas y las islas y atravesarás el mar para ser cantado por los hombres futuros en tanto que permanezcan la tierra y el sol.

Yo no valdré ya nada para ti y, como un niño, me engañarás con palabras".



Mañana mi hijo pequeño va disfrazado al colegio del señor "P", la primera consonante que ha aprendido. Su madre le ha cosido un gorro de panadero y yo le he pegado unos panecillos en una bandeja.


Sé que llegará un día en el cual mi hijo,  siendo adolescente, renegará del padre y de mucho de lo que le he enseñado. Se abandona al padre porque ya no somos capaces de seguirlos por la senda de la vida. Tengo otro hijo que acaba de cumplir los 14, y asumo resignado que así debe ser. Con el tiempo volverán a mí de nuevo, como yo he vuelto a mi propio padre antes de que sea demasiado tarde. Sólo esperó que tengan suerte. Que sean humildes y aprendan a escuchar. Que se hagan hombres buenos.

Pero hoy es tiempo de ser niño y, además de otras muchas otras cosas que sucederán en este mundo convulso, quiero que sepan que mi hijo, todavía inocente, ha aprendido que con la "p" y la "a" se puede formar una palabra sencilla y, para él, maravillosa. La que conjura al héroe de su todavía corta vida:

"Papá".


Antonio Carrillo.

sábado, 8 de febrero de 2014

La Tía Erna



Una vez al año, por navidades, llegaba a casa un paquete procedente de Suiza.

La tía Erna siempre nos enviaba un paquete por navidad.

Abrir ese paquete era el sueño de cualquier niño. Los cinco veíamos asomar coloridos envoltorios de diferentes tamaños.

Era chocolate.

Recuerdo el Toblerone. Un paquete triangular, amarillo. Y enorme.

Entiéndanme: a finales de los 70 no se veía Toblerone en España.

La Tía Erna venía a vernos de vez en cuando. Tenía una manera de hablar diferente; no por el acento. Era el tono.

Más pausado.

Se parecía mucho a Julie Andrews, con su pelo corto y su vestir siempre correcto e impecable.

Todo en ella era limpieza y compostura, incluso de vacaciones.

La tía Erna conocía a gente importante, y cuando venía a España por trabajo tenía reservada una habitación en el mejor hotel de Madrid.

Pero prefería venir a casa.

Había conocido a mamá hacía años, en Suiza. Y nos consideraba de su familia.

Era la tía Erna. Sin más.

Recuerdo que me insistía en la importancia de viajar. De conocer otros idiomas. Ella hablaba unos cuantos. Le gustaba España.

Y creo que le dolía España.

No lo entendí hasta que no viajé. La España de los ochenta era un país diferente a la España de hoy. La primera vez que visité países como Suecia fui consciente de la diferencia.

Hace una semana cumplí 45 años. Recibí un correo electrónico de Suiza.

Era la tía Erna.

Sabe que lo estamos pasando mal, y está atenta a todos nosotros. A su familia española.

No le contesté.

Verás, tía. Quería que la gente supiera de ti. De tus paquetes de chocolate, de tu saber estar. 

Que preferías estar con nosotros antes que en una habitación de lujo.

Supongo que el verdadero lujo es la familia, ¿verdad?

El miércoles 12 papá hubiese cumplido 78 años. Hemos quedado todos en casa de mamá. Solo faltará Iñigo, que está en Ecuador.

Vamos a comprar globos de helio, y los nietos van a escribir mensajes en ellos.

Subiremos al ático y los enviaremos al cielo, con el abuelo.

Será bonito ¿No crees?

Un beso.



Antonio