jueves, 15 de junio de 2017

Sin palabras


Tan solo un video realizado a partir de imágenes captadas por la sonda Juno, que sobrevuela el gigante gaseoso en una órbita polar.

El vídeo lo ha realizado Enneagon, un usuario de vimeo.

Pongan el vídeo a pantalla completa, pulsando junto al símbolo HD abajo a la derecha. Prepárense para el vértigo.

Les recomiendo que suban el sonido y disfruten de la banda sonora de la película Moonraker, obra de John Barry.

Realmente, sobran las palabras. Es sobrecogedor.





¿Saben? Según el científico jefe del programa Juno vemos llover nieve de hielo de amoníaco.

También acaban de informar de que Júpiter es más antiguo que el mismo Sol.

Bagatelas, supongo. Pero me quedo sin palabras.

Sobrecogido.

Antonio Carrillo

lunes, 12 de junio de 2017

La araña y usted




La araña no sueña con la mosca que le alimenta.

Es posible que usted, lector, se vea a sí mismo como alguien especial. Es normal. Al fin y al cabo, es el protagonista principal – acaso único – de una trama que transcurre, fundamentalmente, en el oscuro interior de su cráneo.

Lo llamamos vida. Y tiene mal final.

La vida es un soliloquio incesante que se alimenta de lo que nos aportan los sentidos. La vista, el oído u olfato. No se descansa jamás, ni tan siquiera durante el sueño; Somos un cerebro estimulado y condenado a tomar decisiones constantemente.

Vivir no resulta fácil, por cansado. Es demasiada responsabilidad. Nadie puede pensar por nosotros. No podemos delegar los sueños. Tampoco las ilusiones, expectativas o desesperanzas, de las  que solo nosotros sabemos.

Vivir no resulta fácil porque se vive en secreto. Siempre.

Es posible, he dicho, que se perciba como alguien especial. Pero ¿se da cuenta realmente de lo que es: un organismo excepcional? ¿Un milagro que burla durante años la más cruel e inevitable ley física, la de la entropía? ¿Es consciente de lo que hace todos los días, de los viajes que emprende, de su capacidad inexplicable para construir universos metafóricos?

Lector; es usted único, irrepetible y, por ello, valioso.

Permítame: Les mostraré unas cuantas imágenes. Se tomaron en la superficie del planeta Marte por vehículos enviados desde la Tierra; las sondas Viking 1 y 2, la Mars Pathfinder, los rover Spirit y Opportunity (que sigue funcionando después de 13 años) o el vehículo Curiosity, que lleva 5 años recorriendo la superficie de marte; un utilitario de casi una tonelada de peso y 2,7 metros de largo.

Tenemos además varios satélites orbitando el planeta, recopilando información.

Usted puede observar estas imágenes y, por medio de su imaginación, pasear por la superficie de Marte. Sorteando rocas, con la agilidad que proporciona una gravedad menor que la terrestre, pueden asomarse a llanuras inmensas, a enormes dunas de arena. Hay volcanes tres veces más altos que el Everest, cañones que ridiculizarían al Cañón del Colorado.

Observe las imágenes y cierre los ojos. Hace frío, unos 10 grados, aunque la temperatura varía bastante según las estaciones y el hemisferio.

Le propongo que viaje con su imaginación al polo sur, un lugar de hielos permanentes. En una llanura observa fascinado que del suelo brotan columnas de polvo y gas. Son geiseres fríos, compuestos de Co2 y arena.


Para enviar estas naves a Marte hemos empleado miles de millones de dólares, toneladas de combustible, incontables horas de trabajo de ingeniería.

Pero usted acaba de estar ahí. Con el único gasto de cerrar los párpados.

La atmósfera de Marte es tenue, pero ello no evita que sienta el viento, que puede soplar con una enorme virulencia. El Sol es más pequeño que en la Tierra. Predomina el color rojizo del óxido de hierro, y un enorme escalón divide el planeta en dos hemisferios muy diferentes; el norte es llano. El sur es escarpado. No sabemos con certeza la razón, pero usted tiene previsto visitar esta muralla de kilómetros que rodea el planeta cerca del ecuador. Se sospecha que el choque con un planetoide del tamaño de Plutón hace 4.000 millones de años pudo causar esta anomalía. Y usted se imagina presenciando el cataclismo.

Es tiempo de volver a casa. Ha estado en Marte. Los vehículos que deambulan por su superficie en realidad no ven nada. Somos nosotros los que vemos a través de sus imágenes. En la parte posterior de nuestro cerebro la imaginación ilumina valles y relieves. Nos basta cerrar los ojos para imaginarnos a 150 millones de kilómetros. Usted es excepcional porque tiene la facultad de salvar distancias imposibles, de llegar a lugares inverosímiles. Incluso puede deambular por el foro de la Roma de hace 2.000 años ¿Qué se lo impide? ¿A quién debe rendir cuentas de lo que sueña?

Permítaselo; sueñe con todo ello. Que no le engañen con pobres distracciones. Lea, imagine, viaje. Embárquese en el Nautilus del capitán Nemo, dirija una orquesta o sea campeón del mundo de ajedrez. Y utilice el arma más poderosa para darle sentido a esta existencia: la metáfora.

Estamos hechos de la materia de la que está hecha la imaginación. La metáfora es tan real como el agua o la leche que brota del seno. Nos alimentamos de imágenes, de símbolos. Bebemos de la fuente de la ilusión, tangible en su ubicuidad. Firme en su ir y venir maleable.

Como la araña.


La araña no sueña con la mosca que le alimenta.
Sueña con tejer nubes con su seda pálida.


Antonio Carrillo.

martes, 6 de junio de 2017

MDC: La orquesta del siglo XXI




Hace poco más de un mes, en el patio porticado del museo arqueológico regional de Alcalá de Henares, asistí a un concierto.

Eran las siete de la tarde del 30 de abril de 2017.

Se trataba de un concierto benéfico a favor del Colectivo de Acción para el Juego y la Educación (CAJE) Un pequeño colectivo con no más de 40 voluntarios que presta apoyo escolar y lúdico a niños de familias que pasan dificultades económicas. Todos los veranos, 40 niños sin recursos acuden a un campamento multicultural en plena montaña.

La orquesta: la MDC (Miguel de Cervantes). No les sonará el nombre. Era su primer concierto.
Si me lo permiten, les voy a compartir un pequeño secreto. La MDC es una iniciativa extraordinaria de unos amigos que comenzaron a estudiar música en el Conservatorio de su ciudad: Alcalá de Henares. La mayoría tuvieron que completar su formación en instituciones españolas, europeas y norteamericanas.
Muchos se integran hoy en orquestas de todo el mundo.

Pero a menudo vuelven a casa, al hogar de sus padres y amigos. Una ciudad, Alcalá, en la que todos ellos tocaron por primera vez un instrumento, donde sintieron el vértigo que provoca el sonido armonioso y descubrieron que el rigor y la disciplina tiene como recompensa la comunión con un arte etéreo pero – qué paradoja – inmensamente tangible.

En el patio de butacas, padres orgullosos que no hace mucho esperaban dentro del coche a que sus hijos saliesen de clase en el conservatorio; padres y madres que se conocían unos a otros, como sus chavales, que organizaron recogidas, itinerarios, algunos cumpleaños… Se respiraba un ambiente de franca camaradería que sólo se explica por tantos años apoyando a sus hijos en un empeño común, difícil y exigente: el de convertirse en músicos profesionales.



Y ahora que ya son músicos, los amigos y compañeros de la infancia se han propuesto devolver a su ciudad parte de lo que les aportó. Desde hace unos meses las redes sociales bulleron de mensajes, propuestas e intenciones. Decenas de músicos se reencontraron para tocar, de nuevo, juntos. Para formar su propia orquesta. Para crear un organismo hecho de talento, rigor e ilusión a partes iguales.

Se avecinaban días festivos, el puente de mayo, y podían quedar. Pero no tenían apenas tiempo. Desde conservatorios españoles llegaron instrumentos y las autoridades ofrecieron su apoyo ¿Saben de cuánto tiempo dispusieron para ensayar? Un día.

El día anterior pudieron hacer un único ensayo.

Y, sin embargo… la orquesta nos ofreció un concierto soberbio. No sólo digno o meritorio. La MDC tenía (tiene) un sonido propio, una entereza que me resulta inaudita. Desconozco si ello se debe al buen hacer de su director, Carlos Ocaña, a la maestría de sus componentes o a un factor difícil de evaluar: estos músicos fueron no hace tanto niños, colegas de una vocación (primero) y de un oficio (más adelante); aprendieron tocando juntos. Ensayaron miles de horas, durante años. Se conocen. Se entienden.

En la primera mitad del programa destacó el buen hacer de la mezzosoprano segoviana Cristina del Barrio; le auguro un futuro brillante no sólo por la calidad de su voz (bellísima), sino por su innata capacidad interpretativa.

Pero nuestra orquesta de amigos, la MDC, tuvo en la Sinfonía Inacabada de Schubert una oportunidad para mostrarnos su verdadera personalidad.

Es curioso lo que sucede con Schubert. Si se pregunta por músicos de renombre nos vienen a la cabeza los mismos nombres: Bach, Mozart, Beethoven… es posible que Wagner, Malher o Brahms. Pero Schubert es ¿cómo decirlo? un músico de músicos. Quiero decir… aparentemente su música es un compendio de bellísimas melodías; pero cuando se interpreta, el grandioso dominio que demuestra de la orquestación genera una atmósfera riquísima de matices. Hay en Schubert mucho más de lo que aparenta; pero debe encontrarse un equilibrio en la manera como se interpreta. Es un romántico que no necesita de artificios. Es un jovial amigo que esconde un trasfondo de melancolía. Es un misterio.


Lo que hizo la MDC fue, por decirlo de una vez, digno de llamar la atención. Schubert sonó con una elegancia desprovista de artimañas ni vaguedades. Con apenas dos movimientos el patio del museo, las mismas piedras, contuvieron la respiración. Lástima los aplausos entre ambos. Carlos Ocaña estuvo elegantemente comedido. Los músicos, soberbios.

La orquesta adquirió una voz propia, madura. Recuerdo que pensé: “me gustaría escucharles tocando a Malher”.

Alcalá de Henares tiene la oportunidad de darle continuidad a un proyecto que puede darle renombre no en España; en el mundo. La MDC es un tesoro de valor incalculable; una inversión inexcusable para un país – una sociedad – culta y avanzada. Es un ejemplo de talento que no podemos permitir desaprovechar.


Los intérpretes no cobraron ni un céntimo de euro ese 30 de abril. En realidad, lo que hicieron no tenía precio. Sólo pondré un ejemplo que les sonará absurdo: mi hijo Pablo de 9 años vio por primera vez cómo la primera violín o concertino afinaba la orquesta. Por cierto, con no poca elegancia. Carolina Iglesias es su nombre. Una breve señal de Carolina y el oboe da un “la”. Se lo susurro a Pablo para que esté atento. Le siguen el resto de instrumentos.

Ojo: Carolina en la actualidad es uno de los primeros violines de la Orquesta Sinfónica de Basilea, Suiza. Hay maestría en estos jóvenes.

Si queremos que grandes talentos regresen y permitan que germine la semilla de la cultura en este país tan necesitado, hará falta un mínimo grado de compromiso desde los organismos públicos, un poco de visión por parte de las instituciones.

Cuando un oboe hace sonar un “la” y poco después renace Schubert en presencia de un niño de 9 años, todos salimos ganando.

Por de pronto, y en lo que mí respecta, propongo que la MDC sea la orquesta “de cabecera” del grupo de LinkedIn “Humanismo siglo XXI”.

Propongo que apostemos por el talento. Por la cultura. Por la esperanza.

Antonio Carrillo

miércoles, 26 de abril de 2017

Tiempo y arte; DiverXo




Hace pocas semanas, y gracias a mi hermano Borja, pude disfrutar de una experiencia distinta, de una hipnótica danza de sabores, colores y formas, fluyendo de tal manera que el tiempo se detuvo a participar como un protagonista más.

Como el principal protagonista, acaso. Porque el arte del aroma, la magia de la textura, la necesidad de cerrar los ojos para recogerse en un instante de intromisión… lo culinario se transmutó en un viaje de sorpresas nunca vistas que exigía abandonarse a la aventura de sentir, de disfrutar como sólo saben disfrutar los niños. Con una pasión que creíamos olvidada.

Y el tiempo se ralentizó, en efecto, absorto como estaba, acunado por los muchos sentidos que tenemos desentrenados a la belleza. El arte, la indudable magia del chef David Muñoz, trasciende lo inmediato, te eleva en un vuelo acrobático por países, alimentos y combinaciones insospechadas. Todo planificado en una coreografía riquísima en matices, de tal manera que, por una vez, uno se siente víctima de un embrujo.

Entras en Diverxo en un instante acordado al minuto, reservado ese mismo momento con meses de antelación, porque todo está preparado para que la coreografía te haga olvidar muy pronto que estás en Madrid, en el único restaurante de la capital con tres estrellas Michelin. Habrá quien haya entrado antes y quien se inicie en el espectáculo pasados unos minutos; pero en este mismo instante el pequeño grupo que hemos acudido a la llamada de Oz nos recluimos como sólo lo hacen las familias que comparten el asombro con los fuertes lazos del amor. Éramos mi hermano, mi madre y yo; preguntándonos sin hablar, con la expectativa de ver en los ojos ancianos, claros y majestuosamente lúcidos de mi madre la explosión de un buñuelo, la sorpresa que esconde una salsa que reclama su atención. Sentir como propio su asombro forma parte de la magia. Es uno de los secretos del buen comer: se com-parte.

Y esta experiencia perdura. La vida se entreteje comiendo de un mismo plato.

Lo llaman familia.

Antes de sentarte en los cómodos butacones visitas brevemente la cocina; lo que vas a disfrutar es fruto del esfuerzo y cuidado de muchas personas que atienden las instrucciones de un chef joven, con aspecto desenfadado, que en este instante observas mientras prueba una salsa. En una sala adyacente se nos muestra un espacio en el que David Muñoz escribe ideas en la pared, intuiciones que no quiere olvidar. Se percibe que David es un explorador audaz, una persona abierta a recabar sabores y texturas de todo el planeta, armonizándolas de tal manera que pareciese que habían estado esperando su llegada. Una especia asiática de nombre impronunciable acompaña a un futo sudamericano para, juntos, reforzar todo el aroma que constituye la esencia de un plato castellano. Y este todo se sustenta en un equilibrio difícil de explicar.

Son sabores que no has probado jamás y que, sin embargo, no te son desconocidos.


En un primer momento aíslan tu mesa corriendo unas cortinas todo alrededor, La charla fluye cómoda y comienza una danza de lo que denominan “lienzos”; más de 25 propuestas breves, exquisitamente presentadas, todas distintas, todas definitivas en sí mismas. Angulas, zorzal, cigala, setas, raya, gazpacho, rape, rabo de toro, chipirones, coco, atún, pato, fresas, nécoras, maíz, vainilla, cabrito, papaya, carabineros, chocolate, pulpo, peta zetas, pollo, trufas…. Más de 25 platos y cientos de ingredientes en un viaje por los cinco continentes, fusionando lo más lejano, hermanado sabores y texturas con un prodigioso sentido de la armonía.

Y como ejemplo de maestría, observen esta imagen:




Bonito ¿Cierto?

Lo que ven es royal de pato a las 5 especias chinas y gochuganj, con emulsión de mostaza verde, cebollino y vinagre de arroz, con pato asado al carbón y sus “lenguas bravas”. Una vez tienes todos los ingredientes en la boca y los saboreas, resulta que…

¡Sabe a una hamburguesa whopper del Burguer King! Ellos mismos lo avisan en la carta: “¿A qué sabe un “güoper” en DiverXo?”

Porque ¡estoy disfrutando de una experiencia muy divertida! De lo que hablo es de alegría por la sorpresa, por la expectativa de lo que vendrá. Es un momento lúdico, desenfadado y más dado a la risa que al semblante serio. Por ello el tiempo transcurre a la manera del juego; al ritmo de la alegría que se comparte. El camarero, maestro de ceremonias, te instruye sobre el ritual: introduces las piezas siguiendo un orden establecido para formar un puzle imposible, masticado, que se rehace en un instante cuando a la nariz te llega un equilibrio aromático que te obliga a cerrar los ojos.

No soy un conocedor del arte de la gastronomía ni un experto culinario. Sólo puedo atestiguar que cuando me levanté de la mesa me llevé una enorme sorpresa; habían transcurrido 4 horas.

El arte, era evidente, altera el tiempo tanto o más que la fuerza de la gravedad. Al menos el tiempo orgánico. Nos rejuvenece y aporta lucidez. Nos ofrece un semblante amable e integrador de una realidad que puede tener un final feliz. O, al menos, breves instantes de felicidad en su transcurso; con ello deberíamos conformarnos.

Hay que intentar desentrañar lo bello y alegre que nos aporta el existir. Las fatalidades son inevitables. Por ello resulta saludable e inteligente ejercitar la pausa para mirarse al espejo con expresión socarrona; aquí seguimos. Mañana comeremos, posiblemente en casa, e intentaremos disfrutarlo; aprenderemos de una lectura o el periódico nos sorprenderá con un descubrimiento científico fascinante. Nuestros hijos nos apabullarán con una pregunta o un amigo dará señales de vida.

Llegará un día en el que exhalaremos un último aliento en la cama de un hospital. Y estaremos solos, porque nadie nos puede acompañar en este viaje a ninguna parte. Pero mañana….. mañana me miraré al espejo. “Aquí sigo”, me diré. Con más arrugas, cierto. Y con algo de sobrepeso. Pero rememorando con una sonrisa lo que me sucedió hace unas semanas en DiverXo.

Y en otros muchos momentos. Sólo hace falta que haya un amanecer más. Importante: que no estemos solos. Y que tengamos los ojos abiertos.

Un beso, mamá.

Y gracias, Borja.

Me encantó compartirlo con vosotros.



Antonio Carrillo

miércoles, 29 de marzo de 2017

El tiempo orgánico


Imagen de Cristóbal Vila



El tiempo.
 Un tiempo orgánico, el tiempo que se percibe como la fina arena de un reloj que se escapa de entre los dedos. Un tiempo que ha ido cambiando su velocidad y ritmo con el paso de los siglos.


El tiempo humano.


Lo estudiaremos en cuatro apartados:

1.    Tiempo y diversión. Una explosión inmensa
2.    Tiempo y pausa. El mentiroso
3.    Tiempo y conocimiento. El hombre que anduvo 800 kilómetros
4.    Tiempo acelerado. El tiempo del reloj de arena.
5.  Tiempo como arte. Comer en DiverXo

El tiempo es un elemento esencial para comprender el fenómeno humano, y nuestra historia comienza hace 3.614 años, con un hombre asomado al mar Mediterráneo. Es primavera, y hay preocupación en su rostro.

No es de extrañar: su cultura está a punto de desaparecer afectada por la mayor catástrofe natural de los últimos 10.000 años.


1. TIEMPO Y DIVERSIÓN
UNA EXPLOSIÓN INMENSA



(circa)12 de abril de 1613 a.C. Un hombre mira hacia el norte desde lo alto de una cumbre de la isla de Creta. Es un minoico; pertenece a la civilización más fascinante y misteriosa de la antigüedad.

A su lado, un anciano proveniente de la isla de Thera comenta en voz baja "será hoy". Hace tres meses abandonó su isla, que ahora se encuentra completamente deshabitada. Ha habido tiempo suficiente para que la población preparara la huída: llevan meses sufriendo terremotos y erupciones, cada vez más fuertes. El gran volcán de Thera se está despertando con toda su furia.


Finalmente, algo terrible sucede. Lo primero que perciben es un lejano resplandor en el horizonte, seguido a los pocos segundos de una onda de sonido tan enorme que tumba a ambos hombres. A pesar de encontrarse a 150 kilómetros, la explosión tiene efectos devastadores para Creta. Olas de más de 20 metros destrozan toda la costa norte, casi toda la flota minoica se ve afectada; se inicia un invierno sin sol que destrozará las cosechas... Los efectos de la explosión se sentirán a lo largo del planeta. En China, a más de 12.000 kilómetros, hay registros de la catástrofe.

La enorme caldera del volcán de Thera ha colapsado, y el océano irrumpe violentamente en su interior. La presión provoca que la mitad de la isla estalle en lo que se conoce como explosión cataclísmica, un suceso que proyecta miles de millones de toneladas de toba y ceniza a 36.000 metros de altura. Hablamos de una explosión equivalente a la de una bomba atómica de 700 kilotones. ¡53 bombas como la de Hiroshima explosionando a la vez en un sólo punto! ¿Pueden imaginarlo?

Lo que antes era una isla redondeada se ha transformado, en un instante, en una media luna. El viento sopla en dirección sureste, y Egipto entra en la oscuridad. Un escriba muestra su angustia: "El sol se ha ocultado, nadie se ve la sombra, las cosechas han muerto, ahora debemos sobrevivir". Se perdieron la cosechas durante este "invierno nuclear", y hubo hambre y miedo. Hay restos de ceniza en los hielos de Groenlandia, y en los anillos de los árboles de Canadá. Millones de toneladas de ceniza caen en el Mediterráneo. La devastación es total.


Esta catástrofe supuso la desaparición de la civilización Minoica. Una tragedia para la especie humana.

Los Minoicos surgieron como talasocracia comercial hacia el 2.000 a.C. Durante siglos dominaron los mares, y sus buques transportaron mercancías de un punto a otro del Mediterráneo. Eran inmensamente ricos y respetados. Su flota los mantenían a salvo de cualquier intento de invasión, y vivían una existencia pacífica y próspera.
Con la civilización minoica sucedió algo único en la historia de la humanidad: la riqueza se repartía de manera igualitaria entre todos los minoicos. Por ejemplo, las clases más humildes de la sociedad, agricultores o artesanos, vivían todas en casas urbanas confortables; disponían de varias habitaciones y agua corriente, caliente y fría, canalizada por tuberías de plomo. Ni Grecia, Egipto ni Roma fueron capaces de algo similar. Es un momento y lugar únicos en la historia de la humanidad. Para que se me entienda: habrá que esperar a la época de Cervantes (siglo XV d.C.) para que el pueblo llano acceda de nuevo a una vivienda con varios espacios diferenciados, algo que sólo los dirigentes se podían permitir.




Una sociedad del bienestar, muy próspera, en la que se dispone de tiempo libre y, por consiguiente, aparece el arte, los juegos y los deportes. De nuevo, en cualquier casa, incluso las más humildes, hay una asombrosa manifestación artística en forma de frescos, ladrillos labrados o bajorrelieves en piedra.


Los frescos nos muestran escenas asombrosas. Mujeres decoradas con tocados y engalanadas con maquillajes que antes remiten al París de los felices 20 que a personas provenientes de un pasado de 4.000 años. ¡Estamos en la edad de bronce, y hay indicios de una tecnología y nivel de vida impensables para tal fecha!



Pero hay más: aparte de las prácticas deportivas y el gusto por el arte, los frescos nos dicen algo más: las mujeres aparecen en una actitud social de perfecta igualdad con el hombre. Ambos realizan las mismas tareas, e incluso aparecen en las mismas competiciones atléticas, algo impensable en el mundo griego posterior. Las deidades principales hunden sus raíces en un mismo tronco: "La diosa madre", una expresión religiosa, igualitaria y pacífica, proveniente del pasado paleolítico, de los albores del hombre.
¿Algo más? Quizás sí; algo importante. En la civilización minoica no hay expresiones pictóricas ni restos arqueológicos que remitan a la violencia ni a la conquista. Es una civilización sin murallas ni armas, sin imágenes de batallas heroicas ni desfile de prisioneros de guerra. Creta es una isla, y ninguna civilización podía disputar a los minoicos la supremacía en el mar. En una época en la que se inician los intercambios comerciales a nivel global, los minoicos hicieron posible transacciones entre todas las potencias de la época. No representaban una amenaza para nadie, y gracias a ellos las clases dirigentes egipcias o mesopotámicas podían acceder a productos de lujo procedentes de lugares lejanos. Puede que Creta no fuera muy grande, pero la enorme flota mercante les hacía inmensos. Como una vez leí a la entrada de un astillero en Valencia, "construir barcos es una manera de agrandar el suelo patrio." La civilización minoica estaba presente en todos los puertos del mundo conocido.


Hablamos, en definitiva, de iniciativa, curiosidad, igualdad, pacifismo, prosperidad; de invertir en arte y calidad de vida. Las imágenes cretenses están impregnadas de alegría por vivir. Y de ocio.

Hay, en efecto, una cultura del divertimento de la que participa toda la población. Los frescos nos muestran a hombres realizando asombrosas piruetas frente a los toros, animales emblemáticos de su cultura y que les acompañaban en forma de imágenes en sus barcos. Incluso ahora todo es incruento; no hay escenas de maltrato animal. Sólo belleza y alegría. Baile y música. Y deporte.

La clave para entender esta cultura es doble: por un lado la intensa actividad comercial generaba un excedente de riqueza que tenía su reflejo en la posibilidad de disponer de tiempo libre, algo impensable en esa época salvo para unos pocos dirigentes. El ocio era un bien disfrutado por la gran mayoría de los cretenses minoicos. Además, hablamos de un ocio sin miedo. A no haber enemigos ni guerra, las energías que otros pueblos gastaban en atacar o defenderse, los cretenses las dedicaban a satisfacer sus necesidades afectivas, estéticas y lúdicas. Eran creativos y curiosos, exigentes y cosmopolitas. Cuando el volcán de Thera explosionó puso fin a un experimento sociológico único en la historia de la humanidad. Para entonces la civilización minoica daba muestras de desgaste, y había pasado por momentos difíciles debido a terremotos o a la presencia, cada vez más amenazante, de "pueblos del mar", que traían consigo una perspectiva diferente de la convivencia y los valores. Thera dio la puntilla a un fenómeno que estaba destinado a caer bajo el empuje de la violencia imperante en la edad de bronce. Los micénicos aprovecharon la debilidad minoica, y el ser humano olvidó lo que implicaba llevar una existencia digna, igualitaria y feliz.



El tiempo del hombre perdió sustancia, impronta. Una mayoría de los humanos vivían existencias monótonas, repetitivas o crueles por el hecho de ser mujeres, pobres o esclavos. El ocio perduró como privilegio de unos pocos.

 Sólo en la Atenas democrática encontramos una experiencia similar, aunque sustentada en la esclavitud y al alcance de unos cuantos hombres. Y, curiosamente, si rastreamos sus orígenes, de nuevo la pista nos conduce a Creta. A un mentiroso que durmió 50 años  encerrado en una cueva. Lo veremos en el siguiente capítulo.


2. TIEMPO Y PAUSA
EL MENTIROSO


Detuvimos el tiempo con una explosión en Creta, y a Creta volvemos. Mil años más tarde.

Epiménides era un joven bastante peculiar, que vivió en el siglo VI a. C. Por ejemplo, le gustaba llevar el pelo largo, algo inusual en su cultura.
Cuentan que un día su padre lo envió a un campo para que cuidara de una oveja y que, desviándose del camino, se adentró en una cueva, de las muchas que hay en Creta. Cuando al cabo se despertó, buscó al animal infructuosamente.
Cuando volvió a la ciudad se encontró en casa de sus padres a un anciano: era su hermano menor. La noticia conmocionó a toda Grecia: había permanecido dormido en la cueva 57 años.

Durante el largo sueño, bendecido por Zeus, tuvo contacto con el mundo de los muertos, el Hades, el inframundo en que gobierna la desdichada Perséfone, una diosa antiquísima que pudo tener su origen en la civilización minoica. Esta experiencia hizo de Epiménides un hombre sabio y justo, que además adquirió el don de la profecía. En realidad, toda su filosofía está impregnada del misticismo de lo que conocemos como misterios órficos.


Estos misterios órficos representan un primer intento de distinguir entre cuerpo y alma, y sobre tal base propugna una existencia ascética para alcanzar un estado más elevado tras la muerte. Tiene una clara influencia oriental; en concreto percibimos rasgos de Zoroastro en su magia y su ética y, fundamentalmente, una clara remisión a la religiosidad vedana procedente de la India. Representó a su vez una enorme influencia en Pitágoras y en los presocráticos que poblaron la Magna Grecia (sur de Italia) del siglo VI y, a través de ellos, en Platón.

Pero, ¿y el tiempo? El bíos orphicos, el estilo de vida órfico, implicaba un cierto abandono de lo corporal en favor de un enriquecimiento espiritual. No era extraño encontrar a sus seguidores deambulando por las ciudades griegas, inmersos en una vida ascética y errabunda, en la que seguían unos pocos preceptos, como no comer carne ni derramar sangre animal. Se creían poseedores de una sabiduría ancestral y defendían la existencia de sucesivas reencarnaciones hasta alcanzar un estado de plenitud que limpiara el alma de toda culpa.

Por supuesto, el tiempo era un elemento primordial en la religiosidad órfica. Insertos en un Mediterráneo convulso, en el que grandes potencias se disputaban la supremacía mediante la guerra, los vagabundos órficos abogaban por una actitud contemplativa y pausada de la vida. En el devenir humano perdemos conciencia del "ahora", embebidos en proyectos, siempre más pendientes del mañana que del hoy. De hecho, entendían la vivencia del "ahora" como un regalo (no en vano al "ahora" lo llamamos "presente"). Debemos despojarnos de toda vanidad y, si acaso, aprender del ritmo de la naturaleza, que en su latido mantiene un orden profundo que llamamos primavera u otoño. Recordemos que Perséfone, maestra de Epiménides, representa junto a su madre Demeter el mito de las estaciones.

Una enseñanza que Epiménides adquirió en el Hades era la "catarsis", el arte de la purificación, que Pitágoras ligó con la música. Gracias a la música, las artes y la meditación el alma se purifica, y alcanza un nivel de armonía que permite su curación. Catarsis era también el arte de dominar las emociones siendo perfectamente consciente de ellas, tanto de las propias como de las ajenas. En este sentido, Epiménides le concedería una gran importancia a lo que hoy llamamos empatía. Era, para entendernos, un experto en lo que hoy llamamos "Inteligencia Emocional".

Tenemos noticias de Epiménides tanto en su faceta de poeta como de filósofo. En este último aspecto fue el inventor de una famosa paradoja: la "Paradoja del Mentiroso".

Esta paradoja pertenece al grupo de las falsídicas, ya que aparenta contradecirse a sí misma. Epiménides formuló simplemente la siguiente frase:

"Todos los cretenses son mentirosos"

Epiménides es cretense y, por tanto, es mentiroso. Ello implica que, al formular esta frase, lo que realmente dice -dado que miente- es que todos los cretenses son veraces; pero no se puede evitar caer en una contradicción permanente: si los cretenses dicen la verdad, Epiménides también. Y son mentirosos ¿Lo sigue? Es una espiral que no tiene fin.

 Como curiosidad, sepa que habrá que esperar al siglo XX para que una de las mayores inteligencias de la historia, Bertrand Russell, resuelva la paradoja distinguiendo entre lenguaje objeto y metalenguaje.



Pero volvamos; hay noticias que nos llegan de Plutarco: estamos en la época de la Olimpíada XLVI, y un barco se acerca a Creta.

Es un navío griego, ateniense sin duda. Nicias, hijo de Nicérato, está al mando. Pide que le indiquen el paradero de Epiménides. Trae consigo una llamada de auxilio: Atenas se muere, y sólo Epiménides puede salvarla.

La ciudad, que sufre una terrible plaga de peste, había acudido a pedir consejo al oráculo de Delfos, la cual señaló a Epiménides como la única persona que podía purificar la ciudad. Atenas se había condenado tras sacrificar a unos ciudadanos rebeldes que se habían protegido escondidos en lugar sagrado, un delito terrible.

Cuando Epiménides, que ya era un anciano, desembarcó en Atenas, el pueblo se arremolinó para disfrutar de su proverbial maestría en la realización de sacrificios. Pero Epiménides era alguien especial. Y lo que hizo cambió Atenas y al pensamiento occidental.
Se acercó a un campo y llevó consigo bastantes ovejas, negras y blancas. Una vez reunidas, las condujo al Aerópago, símbolo del poder de la nobleza en la ciudad. Allí dio instrucciones a los ciudadanos atenienses de que las siguieran, dejándolas rondar a su aire. Los atenienses, hombres de acción, recibieron con escepticismo tal orden. Con paciencia debían dejar que el tiempo transcurriera al ritmo de unas ovejas perezosas, a las que debían acechar sin molestar. Cuando un animal se acostaba, debía ser sacrificado en el lugar.

La enseñanza de Epiménides parece clara. La ciudad debía aprender a disfrutar de la pausa, seguir el ritmo de los animales. La espera da lugar a la introspección, a la reflexión y al recogimiento. Fíjense en esta última palabra: re-cogere, volver a adquirir lo que se tenía desde el principio. Detenerse para, de esta manera, encontrarse a sí mismo.

Esta "incubación" provocó cambios profundos en Atenas. Los legisladores cretenses utilizaban el recogimiento como herramienta que inspira buenas leyes. Epiménides fue tajante: dar buenas leyes es curar. Hasta el momento de su muerte tuvo contactos frecuentes con Solon, el creador del cuerpo legislativo que trajo la democracia a Atenas. El tiempo libre que permitía la explotación de una enorme masa de esclavos se utilizó para conformar un espíritu y un cuerpo cultivados en el orden, el saber y el equilibrio. Y en el honor, un concepto que adquirirá mucha importancia en una Atenas compuesta por individuos libres. Surgen con fuerza la filosofía y las ciencias, y las artes viven un momento de autentico esplendor. Un ciudadano ateniense participa activamente en el gobierno de la ciudad, acude por las tardes al teatro, se ejercita en el gimnasio y se solaza en simposium en los que se habla de política, filosofía o ciencia.

Sólo fracasó Epiménides en una enseñanza: siguiendo la tradición cretense, Epiménides se opuso a la subordinación de la mujer griega, y abogó por concederles un estatus similar al hombre. Por desgracia, en esto los atenienses no le hicieron caso alguno. La mujer en Grecia era un objeto que pasaba de casa de su padre a la casa del esposo, y su vida se circunscribía al gobierno de su hogar y la crianza de sus hijos. Sólo a las cortesanas (hetairas) se les permitía participar en banquetes e incluso ofrecer su opinión. Autores como Aristóteles incluso dudaban de la existencia de un alma femenina.

Finalmente, Epiménides volvió a casa. Los atenienses le ofrecieron dinero, que él rechazó, e inició su último viaje de regreso a su isla. Era muy anciano y murió al poco de volver al hogar. Es controvertido el tema de su edad: Flegón dice que murió con 157 años, sus conciudadanos afirmaron que tenía 299 años cuando se produjo el óbito. Jenófanes afirma prudente que murió con "apenas" 154 años.

Cuenta Pausanias que cuando Epiménides murió, descubrieron que su piel estaba tatuada con unas figuras extrañas, parecidas a escrituras. Esto resultaba sorprendente, en tanto los griegos sólo tatuaban a sus esclavos. De nuevo Epiménides se muestra un sujeto de lo más extravagante. ¿Cómo se explican estos tatuajes?

La única explicación posible es que Epiménides tuvo contacto con las religiones chamánicas de Asia central, debido a que el ritual del tatuaje se asocia a menudo a la iniciación del chamán de estas religiones. Esto explicaría muchas peculiaridades de su filosofía, y el hecho de que se le adivinen influencias orientales. En una época tan emocionante como la "Era Axial", Epiménides sería un compendio de ideas, algunas lejanas, otras más cercanas, todas ellas asentadas en el suelo fértil de Creta, la tierra en la que floreció la civilización minoica.

La tierra en la que el tiempo encontró el ocio, la diversión y la pausa.

Los frutos los veremos pronto: perduran hoy en día y suponen los cimientos sobre los que se asienta nuestra cultura.

Pero para entenderlo, tendremos que iniciar otro viaje. Éste a pie. Un tortuoso calvario de 800 kilómetros cuya meta es introducir un palo en la tierra.

3. TIEMPO Y CONOCIMIENTO
EL HOMBRE QUE ANDUVO 800 KILÓMETROS

Un hombre espera a que un barco finalice su atraque en el puerto de Alejandría. Es un esclavo público, un servidor del Estado, que presta sus servicios en la institución más famosa e importante de la ciudad: el museo.
Cuando suben a bordo, los funcionarios ordenan una inspección a fondo del buque; no les interesa el cargamento ni la tripulación. Alejandría es una ciudad única: su policía de aduanas busca libros.

 Encuentran un ejemplar desconocido en Alejandría. Requisan el rollo, y le entregan a su propietario un recibo. Podrá recuperar su libro transcurridos unos días, cuando se haya transcrito su contenido. En realidad, lo más probable es que reciba la copia, y el museo se quede con el original requisado.


Nuestro hombre regresa al museo. Allí le informan que debe partir hacia una misión ordenada por Erastótenes, el director de la biblioteca. Se encamina hacia el despacho de Erastótenes, lo que le permite contemplar, una vez más, la magnitud del museo. Consta de varias dependencias: la mayor biblioteca del mundo, con más de 400.000 libros, laboratorios de ciencias físicas y naturales, un jardín botánico y un zoológico. En su interior se compila y analiza todo un saber de siglos. Manifiesta el espíritu de una ciudad, Atenas, que hizo del conocimiento su bandera. Lo prueba el hecho de que dos discípulos del sabio Aristóteles han sido los artífices de este gigantesco centro de estudios.

 El esclavo espera fuera. No cuestiona las órdenes que recibe; desde niño se le ha adiestrado en obedecer. Un superior sale de la habitación y le hace un gesto; le ordena que se presente a las afueras del museo a las seis de la mañana.

Van a iniciar un viaje.

 Será un viaje muy largo. Durante días nuestro hombre camina siguiendo una línea recta, hacia un destino que desconoce. Al cabo de una semana empiezan a dolerle terriblemente los pies. El calzado que lleva no es el adecuado para caminar durante tanto tiempo. Hay otros dos esclavos, pero son débiles, y él realiza casi todo el trabajo. Aunque aprovechan las horas de menos calor, el cansancio se ceba con unos hombres malnutridos cuya vida ha sido un constante trabajar de sol a sol, desde la infancia.

 Unos funcionarios a lomos de unos mulos llevan de manera escrupulosa la cuenta de los pasos del esclavo. Al caer la noche comparan sus resultados. El esclavo no entiende la razón de este viaje ni de por qué se cuentan sus pasos. Él sólo se preocupa de dar un paso más, día tras día.

 Han pasado 20 días, y el esclavo tiene heridas en los pies. El dolor es cada vez mayor, y la distancia que recorre en una jornada es, progresivamente, menor. Al final, las úlceras le impiden seguir caminando. Le permiten subir a un carro; el destino está cerca. Las heridas le supuran y desprenden un olor nauseabundo. El pie hinchado está sucio, ennegrecido, y comienza a tener fiebre.

 Yace en el carro, sudando y delirando. Pasan los días. Cree haber oído que ya están de regreso. Espera poder recuperarse en Alejandría. Pero a los tres días una septicemia acaba con su vida. Sus compañeros de viaje se detienen el tiempo justo para hacer un apresurado enterramiento cerca del camino. No hay inscripción alguna, nada que indique la presencia de un cadáver humano.

 Al fin y al cabo, no era más que un esclavo.

Cuando la expedición regresa a Alejandría, el jefe de la misma se dirige al despacho de Eratóstenes. Le indica una cifra exacta. Cuando se dispone a abandonar la habitación escucha una última pregunta:
- ¿Ha habido algún problema?

Se lo piensa un momento, y contesta:

- Ninguno.

Eratóstenes hace una seña con la cabeza y se queda solo, haciendo cálculos sobre un papiro. Tiene un skaphe, un reloj de su invención, a su lado. Con el dato que le acaban de dar, y otros que ha adquirido por sí mismo, medirá la circunferencia del planeta Tierra. 1800 años antes de Colón no sólo tiene la certeza de que el planeta es una esfera; además sabe lo que mide. Es extraordinario.

Carl Sagan (maestro divulgador) lo explica en este vídeo extraordinario:


En Grecia existía un listado de 7 sabios que cambiaron el mundo para siempre: Cleóbulo de Lindos, Solón de Atenas, Quilón de Esparta, Bías de Príene, Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene y Periandro de Corinto. Lo cierto es que hubo varias listas, y en algunas aparecía nuestro Epiménides, el excéntrico sabio cretense. Estos hombres lograron crear un mundo contemplativo y amante del saber, en el que por vez primera nuestra especie utilizaba su tiempo para algo más que sembrar la tierra o guerrear; establecieron hipótesis que explicaran los fenómenos terrestres y celestes, y buscaron formas de comprobarlas empíricamente. Las matemáticas fueron un instrumento poderoso en manos de estos hombres y de sus sucesores; fueron capaces de predecir eclipses. De medir la circunferencia de la Tierra.

En estos los tiempos de Arquímedes o Eratóstenes, y en otros anteriores, existe una palabra: "schole".

Significaba ocio.

Son tiempos en los que el conocimiento no conoce de la prisa; menos de la competitividad o de las "evaluaciones".

El "ocio", pues, es lo contrario al "no (nego) ocio", al negocio. Sin embargo, es fácil percibir que en la actualidad vivimos tiempos en los que la educación de más calidad es un negocio; no transmitimos a nuestros jóvenes valores de pausa y cultivo, sino de competitividad.
Al conocimiento se le discute el valor de la siembra, y se memorizan programas, todos iguales, para poder aprobar un examen. Al poco, se olvida lo estudiado. 
La siembra cae en el terreno baldío de la urgencia. 

En mi opinión, la diferencia radica en los medios de producción; en la antigüedad la mano de obra esclava facilitaba los excedentes necesarios para poder disfrutar de una vida más des-ocupada en buscarse el sustento. Los griegos se dedicaban a la escuela (al ocio), a los symposium o al teatro, porque disponían de tiempo.
La clave fue que dedicaran su tiempo a cultivar la mente. Esa es la mayor herencia del mundo griego.
Hoy, que disponemos de maquinaria y, en principio, podríamos diseñar una sociedad que buscara refugio en la pausa y el saber, hemos optado por algo muy distinto.

Y, con ello, se resiente el tiempo orgánico.



4: TIEMPO ACELERADO
EL TIEMPO DEL RELOJ DE ARENA



El tiempo del hombre es un tiempo orgánico. Es el tiempo del latido, de las fases lunares, de las estaciones y la siembra.

El tiempo humano puede verse, porque es un tiempo de mareas, de relojes de arena, de amaneceres. Así ha sido durante decenas de miles de años: el humano transcurre al ritmo de la naturaleza. A su propio ritmo.

Sin embargo, la modernidad supuso un cambio cuantitativo y cualitativo del tiempo. El tiempo fue haciéndose más acelerado y preciso, y se hizo necesario inventar un tiempo mecánico. Es algo que Junger describe en “El libro del reloj de arena”. Con ello, el tiempo dejó de ser algo relativo. Si la brújula nos situó en el espacio, el reloj nos situó en el tiempo. El tiempo se hizo igual para todos, artesanos o labriegos, marinos o sacerdotes.

En Alemania, en el siglo XVI, el reloj de una iglesia comenzó a tocar los cuartos. Ya no bastaba con los años o los días. Ni siquiera las horas. El humano comenzó a necesitar una percepción del minuto. Más deprisa. Más competitivos. Más precisos.




Más iguales.

Con ello se alteró nuestra memoria operativa, la herramienta por la que procesamos la información del presente sobre la base de lo que hemos aprendido en el pasado, para así ser capaces de predecir el futuro. Con el tiempo mecánico, inmisericorde, no disponíamos de tiempo para pensarnos las cosas. La vida abandonó toda práctica contemplativa. Simplemente, pasaba por delante de nuestros ojos, a toda velocidad.

El presente se hace el amo del hombre. Lo inmediato impone su mandato. En la Odisea, Ulises llega a una isla en la que tres de sus hombres comen de una flor llamada "loto". Es deliciosa, ofrece la felicidad; pero hace perder la memoria. Los que caen bajo su embrujo sonríen como bobos. Olvidan sus prioridades, abandonan sus deberes y se produce una pérdida de valores. Ya no quieren volver a casa, proseguir su camino de regreso; sólo seguir comiendo de la flor. Viven sólo el presente, lo inmediato. No tienen proyectos, y por tanto son menos libres: están alienados.

Viven ajenos al transcurso del tiempo. En palabras de Khalil Gibrán, serían “extraños en medio de las estaciones y prófugos de la procesión de la vida, que marcha en amistad y sumisión orgullosa hacia el infinito”. Están solos.

Tendemos a olvidar algo: no somos eternos; tenemos un número cerrado de divisiones celulares. El cuerpo nos pide que respetemos su ritmo, y no lo hacemos. Nos invade la cultura del “fast food”, y alargamos la juventud hasta más allá de lo razonable.  

Alguien fallece con 70 años, y en su velatorio se comenta “¡era tan joven!” En la actualidad, tras la crianza de los hijos y los nietos, vivimos un tiempo muy largo y, permítaseme,  redundante. Es muy probable que lleguemos cansados al final. Es incluso posible que estemos hastiados desde antes. Teilhard De Chardín decía que “el gran cáncer del hombre moderno es el aburrimiento”.

Vivimos tiempos de prisas e inmediatez, partícipes en una carrera hacia ninguna parte. Hemos creado una sociedad de analfabetos funcionales. La urgencia nos obliga a conformarnos con un aprendizaje de titulares. ¿Y a cambio de qué? ¿Qué conseguimos con tanta prisa?

Tener.

Somos esclavos del consumo. “La esclavitud no se abolió, sólo se puso en nómina”. Todos sabemos cuántas pulgadas tienen nuestras televisiones, cuánta potencia tiene nuestro coche o qué marca de ropa vestimos, y cuánto cuesta. Sin embargo, muchos de nosotros no sabemos cosas básicas, imprescindibles para entender nuestra propia naturaleza social o animal. Pondré un ejemplo:

La madrugada del 17 de enero de 1994, el Observatorio Griffith, situado en Los Ángeles, recibió cientos de llamadas de personas aterradas. El cielo era extraño, insólito. Las personas afirmaban ver "una gigante nube plateada" en el firmamento. ¿Acaso estábamos asistiendo a una invasión extraterrestre?

Acababa de ocurrir el terremoto de  Northridge, y la ciudad se había quedado sin luz. Lo que los ciudadanos estaban viendo aterrados eran estrellas. ¿No les parece algo más que una anécdota?

Ariadna le entrego a Oreo un hilo para que no se perdiera en el laberinto. Nosotros pasamos los fines de semana encerrados en enormes centros comerciales. El Minotauro somos todos. Malgastamos nuestro tiempo en actividades tan vacías que llamamos al tiempo de ocio “Tiempo Libre”. ¿De quién se tiene que liberar el tiempo? ¿De nosotros mismos?

No podemos evitarlo. Erich Fromm nos explica que “el carácter social internaliza las necesidades externas, enfocando de este modo la energía humana hacia las tareas requeridas por un sistema económico y social determinado”. Parece que no hay salida. Es el sistema el que nos tiene presos.

¿O no?

Propongo la única cura eficaz: la pausa. Hace falta que vuelva Epiménides. Que nos recuerde lo que decía Empedocles: que “el mar es el sudor de la tierra”.


Es una frase que está llena de tiempo orgánico. De tiempo humano.

De tiempo.



Resta un último artículo:


"El tiempo como arte. Comer en DiverXo"

Le dedicaré una entrada propia. Lo merece.



Antonio Carrillo